Segunda Aproximación al Mal

 

Segunda Aproximación al Mal

Gocho Versolari

 

Para aclarar algunos conceptos de este artículo aconsejo consultar en forma simultánea a su lectura Algunas claves y ejemplos para entender la Segunda aproximación al mal. 

 

 

Las galaxias no se encuentran en un equilibrio permanente. La mayor parte de su tiempo cósmico, permanecen en una situación caótica, repleta de explosiones y movimientos desordenados que de pronto desembocan en una armonía súbita, instantánea. Cuando la obtienen, de inmediato la deshacen para regresar al caos y desde allí buscar un nuevo equilibrio.
Esta alternancia entre el caos y el cosmos, es propia de todos los procesos del universo y también del estado humano al que hemos llegado. Lo caótico, la nada; el mal en suma puede llegar de nuestro entorno en cualquier circunstancia. Son los cuatro sufrimientos que en su momento descubriera el Buda o el dolor de la humanidad caída percibido por Jesús. En nuestra vida lo experimentamos como un hecho diacrónico, es decir como algo externo que de pronto sin ninguna razón aparente, nos ataca. La tradición oriental, afirma que el medio que nos rodea es una proyección de nuestros estados interiores. Todo lo que nos ocurra, sea bueno o malo, es un reflejo de lo que ocurre en nuestro interior. El entorno y el sí mismo tienen una relación análoga a la que existe entre la sombra y el cuerpo.
Con esta explicación, el mal surgiría antes que nada de nosotros mismos. No tendría mucho sentido entonces hablar de una fuente externa , de un “Tentador”; producto de una teología eclesial y dogmática que concibe al hombre como un simple campo de batalla entre Dios y el Diablo..
El  mal como sinónimo de lo caótico debe existir. Es el otro polo de la plenitud vital y la tensión  entre ambos permite que se desarrolle la existencia. En el estado humano, es necesario que definamos nuestra porción de caos para sumergirnos periódicamente en él. La particularidad del caos es lo que define nuestra misión, es aquello que debemos modelar; es la arcilla primordial y el artefacto que emergerá de ella es la Piedra Filosofal producto de nuestra actividad en toda una vida.
Quienes practican el Catolicismo pueden concluir de lo anterior que esta postura lleva a formas de acción completamente opuestas a las preconizadas por ejemplo, por Agustín de Hipona y por la Teología Moral de la Iglesia:
 «…la música está prohibida; la niña no debe saber en absoluto para qué sirven las flautas, liras o cítaras que haya. De aprender a leer, ha de hacerlo con los nombres de los apóstoles y los profetas y con el linaje de cristo (mt., 1, le., 3). Su dama de compañía no ha de ser hermosa ni bien compuesta, sino una grave, pálida, desaliñada («sordidata») y vieja doncella que la levante por las noches para entonar las oraciones y los salmos y rece con ella las horas por el día (…) no tomará ningún baño, pues vulneran el sentimiento de pudor de una muchacha, que nunca debería contemplarse desnuda. Lo ideal es que, tan pronto sea destetada, se la aleje lo más rápidamente posible de su madre y de la pecadora Roma camino de Belén y, criada en aquel convento, bajo la vigilancia de la abuela y la tía, que no tenga a la vista ningún hombre y ni siquiera se entere de que existe otro sexo. Entonces también la madre quedará dispensada del cuidado de la hija y podrá dedicarse sin obstáculos a la vida ascética». Agustín de Hipona –
 San Agustín – «Confesiones», página 53 de 348
Precisamente la forma de definir el propio caos es estableciendo nuestras preferencias sexuales más recónditas, asumiéndolas sean cuales fueren, aún cuando no estén orientadas a la reproducción. El sexo es la forma más perfecta de hundirnos en el caos para emerger del mismo, en un movimiento pendular e incesante que conduce a la transformación interior y del entorno.
El Sintópico Tiempo Cero.
Teniendo en cuenta la labilidad e inexactitud de nuestro lenguaje, es necesario de tanto en tanto forzar la utilización de ciertos términos. Usé hasta el momento sincronía y diacronía para expresar los hechos que acontecían en el tiempo. Son sincrónicos, cuando se desenvuelven en un proceso simultáneo que coincide con la interioridad y sus eventos; cuando conducen en forma rápida o mediata hacia el punto cero que espera en nosotros. Son diacrónicos, cuando   los eventos simulan estar fuera de nosotros: la historia y sus desarrollos, por ejemplo.  
Esto referido al tiempo. Cuando debemos referirnos al espacio, utilizaré las denominaciones de sintópico y diatópico. La primera apunta al espacio interior, espacio que se llama así por una cuestión metafórica, careciendo de la “Signata Quantitate”  que define el espacio externo. Sesha tiene una ejercitación dentro de la meditación: al vaciar la mente de contenidos, sugiere  ubicar el foco de la conciencia adelante, atrás o al costado, es decir definirlo con las direcciones del espacio. El resultado es que entonces lo percibimos en forma simultánea en varios sitios a la vez.
Diatópico es el espacio que surge de mí y se extiende fuera (1). Cuando desarrolle un tema, me referiré al enfoque, ya sea sincrónico o diacrónico; sintópico o diatópico.
Algunas consideraciones sobre el Tiempo Cero.
DIAGRAMA
Lo que llamo el Tiempo Cero no participa de esta división, sino que se define por lo que no es. No es posible describirlo, ubicarlo en un sitio y en un tiempo. El trabajo interior puede desembocar en el Tiempo Cero, como  matriz de latencia que produce todas las cosas, pero en la que, paradójicamente, no ocurre nada.
La propia expresión “Tiempo Cero” es una contradicción: tiempo se remite al movimiento, a la duración, al devenir, idea que está completamente apartada de lo que los orientales llaman el Ku o Cero: vacío, latencia,  carente de movimiento, expresión o desarrollo.    Al decir tiempo cero tampoco me refiero a un momento en el que la duración se haya detenido. En pleno vacío, no hay no ha habido ni habrá idea de movimiento.  
También es incorrecto ubicarlo exclusivamente en algún momento de la historia o del espacio, es decir: en épocas remotas, en el paraíso terrenal. El Tiempo Cero puede manifestarse y lo hace en cualquier situación, pasada, actual o futura. Su manifestación también carece de leyes y forma parte de la capacidad humana; está presente en nuestro aparato biológico. .
Dije en otros lugares que la comunidad jesuánica original, así como la shanga búdca primitiva, estaban unida en torno al Tiempo Cero. Con esto me acerco a una realidad mítica: expresa algo que no es exactamente así, pero para lo que no existe otra forma de exponerlo.
El esquema que incluyo y que está más arriba, también tiene un sentido mítico. El Tiempo—espacio cero está representado gráficamente como un punto, lo que no tiene sentido real (Dicha dimensión no es tampoco un punto, ni aún en la abstracta concepción matemática), sino que tan sólo es una representación a los fines del desarrollo.
El Samadhi, es decir la reabsorción en sí mismo, al que M Eliade designa con el neologismo de  “enstasis”, alude a que no hay una salida del sujeto, sino que el mismo encuentra en su interior, el contacto con lo divino. Es precisamente eso lo que llamamos Tiempo Cero, es decir el máximo de sincronía y sintonía; el péndulo suavmente detenido en uno de los extremos. (2)
Mito del Meditante.
La persona que se dedica a la meditación en forma frecuente, puede descubrir en su interior a su ánima o ánimus. Suele presentarse como una voz que lo orienta  en temas cotidianos: miedos, preocupaciones; que discute con él el destino ultraterreno.   
El ámbito interior de la persona que medita, tiene la forma de caverna: una oquedad blanda, en la que de pronto descubre que además del alma, hay otra figura inmóvil. Sabe — alguien se lo susurra — que esa persona no responderá a las preguntas. Está inmóvil, parece no respirar y podría confundirse con una estatua. En algún momento, en los diálogos que el meditante mantiene con su alma, ella (o él) se refieren a la silueta. El alma afirma que si bien no habla, ella (o él) son de algún modo su intérprete.  .
La luz en el interior es tenue. La silueta del meditante, a veces se muestra con un resplandor dorado. Otras, el sujeto puede ver tan sólo las tenues huellas de sus nalgas en el cojín que le sirve para sentarse.
El alma agrega que el meditante está sumido en un espacio sin espacio, en un tiempo sin tiempo y en un mundo sin mundo. Está y no está. Es una sombra con sustancia, y así continúa con los pares de términos opuestos que no tienen fin.
La periferia del Tiempo Cero
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Alguien, un grupo o una comunidad que permanezca en el Tiempo Cero   podrá tener influencia sobre quienes lo rodean, en particular en dos dimensiones vitales y a la vez espirituales: la alimentación y el sexo.
La periferia diatópica del Tiempo Cero, está acotada en el esquema de más arriba por el primer círculo que rodea el punto que no es punto. Digamos, para romper la abstracción que implica el diagrama, que esta periferia representa la comunidad, mientras que el punto hace referencia a un individuo o grupo de individuos que permanecen en el Tiempo Cero. Es decir que hay dos niveles de actividad: por un lado quien medita y al que no se puede definir como pasivo, ya que realiza una forma muy elevada de acción, cuyos efectos no se manifiestan como en la vida cotidiana. Por el otro, quienes realizan una actividad externa pero relacionada con quienes permanecen en el Tiempo Cero.  
En el Tiempo Cero no existe la diferencia entre el bien y el mal,  como tampoco tendría sentido plantear cualquier dualidad. Tampoco existe la conciencia de uno. Es en la comunidad inmediata donde se empiezan a percibir estas diferencias.
Enfoque diacrónico y diatópico. 
El esquema expuesto tiene un tercer círculo al que llamo periferia mediata del Tiempo Cero. Para expresarlo siempre en términos diacrónicos y a fines ilustrativos, diré que es allí donde empieza la historia humana con todas sus divisiones. En la zona más cercana se encuentra el Satia Yuga, o Edad de Oro para Hesíodo, y en la más alejada el Kali yuga o la Edad de Hierro. Si bien permanecemos en el terreno de la diacronía, puede afirmarse que hay menos sincronía, es decir capacidad de encontrar los eventos en la interioridad, a medida que se aleja del centro. 
 
Llevemos a la historia conocida, en especial la historia de las grandes religiones esta concepción de la realidad surgida a través de un meditante que al sumirse en el Tiempo Cero actúa sobre su entorno inmediato.
El resultado que pudiera parecer más lógico, es que la periferia del Tiempo Cero se manifieste como una comunidad de monjes. Se considera que el Samadhi se obtiene eliminando los deseos mundanos, cerrando la entrada de influencias, y para ello lo ideal es la vida monástica, la que crea un ambiente para que esos deseos no interfieran en ese contacto con la divinidad.
Sin embargo, hay otro camino, poco conocido y desarrollado al menos en Occidente, que es el opuesto: se trata de encontrar a través del placer que produce el cumplimiento de los deseos, una vía mucho más directa y completa a la unión con lo divino. Es lo que en Japón, en el marco del Budismo Mahayana se llama Hendoku Yaku, que significa “extraer la medicina del veneno”.
Esto también se relaciona con una suerte de paraíso primordial en la que el hombre originario, no encontraba culpa en los placeres y los mismos lo conducían a una conciencia integral en la que percibía la totalidad, la unión con el cosmos a través de cada una de sus acciones.
Esta periferia inmediata del Tiempo Cero, siempre considerada diacrónica y diatópicamente, se ilustra por un lado con lo que fue la vida del Buda y por el otro con el auténtico desarrollo de las originales comunidades jesuánicas bajo la influencia directa de su fundador.
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Buda y el Tiempo Cero.
Es conocida la historia del Buda. Se sabe que en su origen fue un príncipe de la tribu de los Shakyas;  criado por sus padres de modo que no tuviera conocimiento de los sufrimientos de los hombres. Esta actitud iba más allá de una conducta sobreprotectora. Se trata de una técnica que asegura la inmortalidad: la mente que sólo se concentra en su felicidad y es ignorante del sufrimiento, puede obtenerla con más facilidad. Llegar a una vida sin límites, fue siempre la preocupación primordial de los reyes.
También es sabido el encuentro casual que tuvo el príncipe Gautama con los cuatro sufrimientos y su decisión de tomar un hábito de monje mendicante y someterse a duras disciplinas para encontrar la vía  que le permitiera superar el dolor; y que fuera aplicable a la humanidad.
La Sangha primitiva, es decir la comunidad de monjes que rodeaban al Buda,  era una periferia del Tiempo Cero. Shakyamuni se  sumergía en él a través del Samadhi. (3). Finalmente, las privaciones y los sacrificios,  llevan a dañar el cuerpo del príncipe. En  medio de una de sus meditaciones, escucha  el consejo que brinda un maestro de cítara a un alumno en relación a las cuerdas del instrumento: “Si las tensas demasiado, se romperán. Si las aflojas demasiado, no sonarán”
Es entonces cuando decide abandonar la vida ascética. Rompe su ayuno, come en forma abundante y algunos de los sutras de este período son pronunciados en burdeles. Es en este apartarse del ascetismo donde finalmente logra la iluminación.
En ambos casos, el ascetismo o los placeres moderados, la concepción del mal cambia. Para aquel que siga el camino de las privaciones, es indudable que el mal lo representan la comida, la actividad sexual y el atender a las razones del cuerpo. En el caso del Buda, el jainismo se inicia en el grupo de discípulos que no aceptan el cambio del maestro. Afirman con ironía: “los budistas comen buena comida, duermen en buenas camas y encima tienen la iluminación”. Es lo que corresponde al concepto del mal elaborado por Agustin de Hipona en el pasaje de las “Confesiones” que cito más arriba y que llega hasta la iglesia de hoy. (4)
La segunda parte de la vida del Buda, caracterizada por el abandono de la vía ascética, cambia el sistema de valores. (Recuérdese que el Tiempo Cero permanece inalterable). La capacidad de encontrar en el placer la vía de acceso a la divinidad, exige reconocer en el mismo la vinculación que hay entre el deleite sensorial y los goces divinos, entre los cuales existe una diferencia de grado, no de naturaleza.  Podría aplicarse la frase del Talmud: “Cuando mueras, se te pedirá cuenta de aquellos placeres que pudiste gozar y no lo hiciste”.
Aquí el concepto de mal se identifica con el extremo ascetismo.   Es la tradición Mahayana la que toma esta figura del Buda, mientras el Theravada se queda en la vertiente monacal. El Mahayana afirma que la Budeidad no es un fenómeno aislado, obtenido luego de muchas vidas de austeridad. Responde a experiencias cotidianas, en las que sin saberlo nos sumergiríamos en el Tiempo Cero, aunque no lo sepamos, ya que no es un estado que llegue a la conciencia. Es más, esta tendencia es la expresión natural del estado humano, y si no se manifiesta en forma espontánea, es por la influencia de la cultura, la preeminencia de la culpa y de las falsas religiones Esto permite que los objetivos inmediatos, vinculados a nuestros deseos mundanos, posean una fuerza traspuesta; algo así como el tigre de Évola al que había que cabalgar. El ascetismo extremo mata al tigre, por lo que el espíritu se queda varado en el desierto.
Siempre dentro del diacronismo, mencionaré algunas obras del Noh como la del Monje araña, donde se representaba a un religioso budista, vestido con hábito, que tenía la capacidad de segregar por las puntas de sus dedos una sustancia parecida a la tela de la araña con la que atrapaba a sus víctimas.
En el siglo I de nuestra era, surge la famosa orden atribuida a Nagarjuna: “Si encuentras un Buda, ¡Mátalo!”. Del mismo modo, su importante descubrimiento que el Nirvana no es otra cosa que el Samsara, sólo que desde otro punto de vista, también surge del mismo espíritu: la celebración del mundo y de la vida por parte de la periferia que rodea al Tiempo Cero.
(1)   Tiempo y espacio son en realidad proyecciones de nuestra interioridad a las que le adjudicamos un estatus ontológico que en realidad no poseen. Esto, que tiene resonancias kantianas, coincide con posturas orientales. Cabe señalar que los mismos, cuando estudian a Kant, lo identifican como uno de los filósofos occidentales que más se ha acercado a teoría del conocimiento de oriente.
(2)   Otra anécdota describe a un maestro hindú, que pide agua a uno de sus discípulos, y cuando el mismo se levanta para cumplir el encargo, el maestro entra en Samadhi, del cual despierta tres meses después. Entonces reclama el agua que para él acababa de pedir, pero ya no se encuentra el discípulo.
(3)   Es de suma importancia la práctica del Samadhi en la vida del Buda. El capítulo 2 del Sutra del Loto, uno de los más importantes, es el breve discurso que brinda el Buda a su discípulo Shariputra y en el que expone la teoría de los “medios hábiles”. La explica luego de haber estado sumergido en el Samadhi durante largos meses.
(4)   Es de señalar que no hay figuras en el contexto eclesiástico que estén sumidas en el Tiempo Cero. La iglesia una organización basada en la réplica exterior de lo que fue la tradición romana, preocupada por un ritualismo externo, apartado de las cuestiones metafísicas. En otras palabras, la actual Roma no es más que la estructura externa de una pseudo tradición que promete la salvación externa como parte de una economia de mercado. Galilea, por la falta de desarrollos que promueve Roma, se mantiene en una fe de carácter emocional aunque con planteos más ricos que la esterilidad de las jerarquías.  El contacto con el Tiempo Cero en este contexto sólo puede obtenerse apartándose de la pseudo tradición y tomando contacto con el Cristo Salvaje. 
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GOCHO VERSOLARI

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