El Cristo Salvaje – 2- Qué busca el Cristo cerril.

 

– Introducción

Luego de la primera entrega sobre el tema, he recibido algunos comentarios que me permiten aclarar   detalles importantes en el evento  que es la llegada del Cristo Salvaje a  la vida personal.   Al respecto,  todas las observaciones, aún las que cuestionan  son bienvenidas. El desarrollo del tema presenta dificultades intrínsecas, ya que se trata de traducir algo que excede los límites de las experiencias habitutales,  por lo que todo expediente es útil para lograr una aproximación.

Mi afirmación inicial es que en aquellos que hemos nacido en Occidente, tenemos en nuestro interior la presencia de Cristo como algo que debemos enfrentar, frente a lo que es necesario tomar partido, ya sea como rechazo o como aceptación.  La conclusión de este enunciado, expresada por un comentarista es que “todos los que nacimos en Occidente somos cristianos”. Esta no es la realidad y  quiero resaltar que la afirmación, aunque bien intencionada , está fuertemente influenciada por el marco confesional al que  estamos habituados cuando hablamos de la figura de Jesús. El Cristo Salvaje lo es precisamente por manifestarse   al margen de dicho marco. El supuesto del que parten creyentes y no creyentes, una suerte de axioma que no se considera cuestionable,  es que Cristo es propiedad de alguna de las iglesias supuestamente inspiradas en su credo, y que por lo tanto cualquier vínculo que se establezca debe estar nimbado por  la pertenencia que marcan los “ismos”, o las identificaciones con la  supuesta tendencia o adhesión   a la que siempre se vincula la figura de Jesús.

De allí que la expresión que utilizo sea el “Cristo Salvaje”, cerril, indómito; el que no se deja encerrar en ningún credo, que no responde a las fórmulas cristológicas, producto de las apetencias del poder del grupo que heredara la estructura y el contenido del Imperio Romano.

Afirmar que Jesús está impregnado en nuestras respectivas interioridades, significa que el mismo permanece en un estado de latencia. Latencia que persiste aùn cuando hayamos recibido educación cristiana, aún cuando creamos haber “recibido a Cristo” en la primera comunión. Al igual que los dioses, tomados como expresión de las diferentes fuerzas de la naturaleza, Jesús está conformado por una materia sutil que sólo se activa con la actividad  humana de carácter ritual. El Cristo Salvaje Despierta cuando el foco de la conciencia cae sobre él y se presentará inevitablemente al realizar la invocación. Otra alternativa es que, aún cuando seamos creyentes y tengamos una actividad ritual vinculada a cualquiera de las iglesias llamadas cristianas, esta materia sutil permanezca en estado de latencia   hasta nuestra muerte. 

Repito: la presencia potencial no es sinónimo de pertenencia a un credo. Por tenerla, no somos «cristianos”. Recurriré a  un simple ejemplo: una de mis aspiraciones sería viajar a la ciudad donde nací, Mar del Plata y allí , entre otras cosas, encontrarme con  Mario Ingénito y a su esposa Margarita, a quienes conozco desde hace muchos años y con los que mantengo una fuerte afinidad. A pesar de mantener una intensa comunicación a través de las redes sociales, podría afirmar que ambos se encuentran en latencia dentro de mí, a través del recuerdo y de una presencia   virtual que cesaría en el momento de un encuentro cara a cara; un apretón de manos, un abrazo y una de las intensas charlas que solemos mantener durante nuestros encuentros. No diría que este vínculo de latencia y de posible actualidad que mantenga con Mario, por ejemplo,  me convierta en    “Ingenitiano” ni que él pase a devenir “Gochiano” (convirtiendo nuestros respectivos nombres en formas de pertenencia a una posible organización de carácter confesional). Es posible que dicha conversación con mi amigo puede producir en mí un cambio profundo, pero no significa que me enrole en una suerte de culto a su personalidad, de fe religiosa ni nada que se parezca.

Otro hecho que sirve de punto de comparación es la costumbre tailandesa por la cual todos los hombres en el momento de entrar a la juventud deben pasar un año en un monasterio budista, vistiendo la túnica azafrán y viviendo con la disciplina de un monje. Esto no los convierte en budistas. Una cantidad mínima de quienes cumplan con esa costumbre, elegirán la vía  monástica. La gran mayoría realizarán otros proyectos de vida, afrontarán otras realidades y muchos de ellos ni siquiera abrazarán el budismo. Es más, habrá un importante porcentaje que realizarán críticas a la religión y se declararán agnósticos, aunque quizá coincidan en que la experiencias sirvió para permitirles afianzar sus personalidades y cumplir con su misión de vida, sea cual fuere.

Jesús, a pesar de haber muerto bajo el reinado de Tiberio, alcanzó a realizar en su momento una operación mítica a la que llamo “Impregnación” y por la cual ha “salpicado” nuestra genética. Esto no significa, repito ni que todos seamos cristianos ni que todos seamos hijos de Jesús. Cuando su latencia pasa a ser presencia, tampoco   significa que la persona que lo reciba vaya a profundizar un “ismo” de cualquier naturaleza. En ninguno de los casos que he conocido en los que se produjo el advenimiento del Cristo Salvaje, se produjo una conversión fulgurante; no hubo visiones del cielo o del infierno; no hubo amenazas de sufrimiento eterno ni de eterna beatitud.  Las personas, luego del encuentro, siguieron con sus mismas actividades. Sólo cambió una perspectiva, una pasión, un enfoque; podría afirmar que hay más conciencia del alcance de  las actividades cotidianas, así como del objetivo de la vida. Es de destacar que entre los casos que menciono muchos de ellos se correspondían a personas que profesaban un ateísmo a ultranza y una negativa de Cristo. Luego del encuentro, la posición siguió siendo la misma [1]; algunos siguieron reprochándole haber sido el fundador de una iglesia cruel y despiadada. 

También es de destacar que este encuentro se produce en un plano mítico y muchas veces tiene características paradójicas. No es conveniente relatarlo en forma pública, ya que se trata de una dimensión muy  cercana al Ku,  o vacío, en la que es mejor mantener el silencio al que hago referencia desde mis acotaciones anteriores y mis artículos. Lo  anecdótico en un encuentro como este, sólo es el débil soporte de lo silente, de un vínculo de carácter mítico, ubicado en el Tiempo Cero.

También debo aclarar que la experiencia del Tiempo Cero no es privativa de la presencia del Cristo Salvaje. Es más frecuente de lo que se supone y en muchos casos forma parte de nuestra cotidianeidad. Nuestra mente es una sucesión rápida de estados de consciencia en los que pasamos del sufrimiento a la felicidad, de la obnubilación mental a la claridad más absoluta, del odio a los otros al sentimiento de compasión. El Tiempo Cero no se puede precisar como uno de estos  contenidos de conciencia. No se puede recordar ni describir. Tan sólo se lo advierte por la presencia de una intensa sensación de paz y tranquilidad, pero es frecuente que en muchos de nosotros se manifieste en forma más o menos completa a lo largo de un día de nuestra vida.

De este modo el encuentro con el Cristo Salvaje se produce  en esas áreas que no podemos llevar a la conciencia cotidiana, pero que inducen  en nosotros una intensa transformación.

Tampoco es posible precisar el tiempo que puede durar el encuentro. Hay quienes deciden repetirlo; he conocido personas que han permanecido hasta un año invocando y encontrando con cierta periodicidad al Cristo Salvaje  . En otros basta con  un encuentro de pocos minutos y el promedio es de siete a diez breves  encuentros.

Hay dos etapas desde el inicio de la invocación: la primera, una preparación dela mente y el cuerpo para recibirlo. En la vigilia pueden escucharse voces interiores, y se producen sueños significativos. Quizá algunas de esas voces adviertan que se están cumpliendo procesos que nunca llegarán a la conciencia.  Finalmente el Cristo Salvaje se presenta a una de las invocaciones casi siempre de modo sorpresivo. Es posible reconocerlo, y de lo primero que se cobra consciencia es de que lo esencial se ha producido antes de la llegada y continuará luego en el silencio de la mente y del cuerpo.

 

– Leones de piedra

Hermoso-Pegaso-caballo-alado

En el artículo anterior, a fin de reforzar el aspecto salvaje de este Cristo, emancipado de cualquier contexto confesional y eclesial, recurrí al simbolismo del león, uno de los más destacados en la iconografía cristiana. Se me señala este hecho en un comentario, apuntando a los leones presentes en la Catedral de León, que sostienen toda una estructura de atlantes y seres informes. Esta es una oportunidad para expresar más adecuadamente a qué me refiero cuando hablo del Cristo Salvaje.

No se trata de un león de piedra, sino de carne y hueso. Es como si de pronto nos encontráramos en el desierto y debiéramos acercarnos a  un león real,   con respeto y cierto grado de miedo; la del león es una fuerza caótica en que el sentido espiritual de su simbolismo va mezclado a una profunda carga instintiva. Lo mismo ocurre con el Cristo Salvaje.

 Acompaño a esta entrega con la ilustración de un pegaso, y apuntando con esta bestia fantástica al Artefacto Mítico Ritual de la serpiente emplumada, Quetzalcoatl, propio del universo tolteca, azteca y maya. Su característica es la bestia dotada de alas, lo que le permite remontarse desde la tierra hasta las inmensidades del cielo. Sin embargo, quisiera hacer una alusión al tema de la piedra, el que tiene su importancia en esta búsqueda de precisiones acerca del Cristo Salvaje.

Hay similitudes profundas entre el desarrollo histórico diacrónico de la Iglesia católica con lo que fuera el desarrollo de varias civilizaciones precolombinas en especial la incaica. El elemento común más destacable es el tallado en piedra de toda una tradición. En América se encuentran pirámides y multitud de monumentos. En Europa, las catedrales. Cuando una cultura tradicional transfiere a la piedra sus contenidos, se produce un proceso de enajenación, según la etimología de la palabra. Esta enajenación supone una forma de idolatría, es decir se traslada la presencia sincrónica o interior de una tradición a los monumentos, llámense catedrales, pirámides, estelas. Se considera que la tradición se encuentra allí, presente en el monumento, y es necesario que un sistema de castas o estamentos se organice en pro de su preservación. [2]

Chacornac en su libro sobre la Masonería, afirma que la misma habria constituido el desarrollo no dogmático de la versión católica del cristianismo. En parte es así, pero hay que destacar que la organización iniciática, cuyo soporte era el oficio de albañil, fue la que promovió la construcción de las catedrales, con lo que culminó la teocracia imperial. En otras palabras, el aspecto tenebroso de la masonería, consistió en haber consolidado la enajenación de una tradición que ya estaba contaminada desde su inicio, y haber fomentado el poder omnímodo de la iglesia y la aniquilación de las líneas chamánicas presentes en Europa.

Los párrafos anteriores son apenas señalamientos sobre los que volveré en futuros artículos, pero yendo al tema, el Cristo Salvaje no se encuentra en absoluto en este simbolismo lítico. Repito: habita el Tiempo Cero, inserto en la dimensión del Ku, aunque por la naturaleza de las cosas que se mencionan esta expresión suene contradictoria [3]. Cuando se produce la llegada del Cristo Salvaje  a nuestra vida, digamos que la utilidad del vacío se manifiesta [4] y se proyecta sobre nuestras actividades, sobre nuestro sistema de creencias.

 

El encuentro tampoco tiene una programación prefijada. No hay exigencias de oración y ni siquiera el reclamos de un Dios al que adorar No hay estructuras fijas, y mucho menos supuestos eclesiales o bíblicos. En muchos casos, se aparta por completo de lo que se esperaba que fuera la presencia de Jesús..  Respetando el marco de silencio que debe rodear al fenómeno, puede afirmarse  que cada encuentro es diferente de otro. En él podemos conocer nuestra singularidad más profunda que se une con la materia latente del Cristo Salvaje. Lo único que se requiere es realizar la epojé o la suspensión del juicio con todo lo que se ha recibido sobre Jesús a través de la educación o de la información convencional    incluyendo los textos bíblicos.

 

 – Cuestiones de tipología

 

«Todo el mundo se enardece y disfruta, como cuando se presencia un gran

sacrificio, o como cuando se sube a una torre en primavera.

Sólo yo quedo impasible, como el recién nacido que aún no sabe sonreír.

Como quien no sabe adónde dirigirse, como quien no tiene hogar.

Todo el mundo vive en la abundancia, sólo yo parezco desprovisto.

Mi espíritu está turbado como el de un ignorante.

Todo el mundo está esclarecido, sólo yo estoy en tinieblas.

Todo el mundo resulta penetrante, sólo yo soy torpe.

Como quien deriva en alta mar.

Todo el mundo tiene algo que hacer, sólo yo soy un inútil.

Sólo yo soy diferente a todos los demás porque aprecio a la Madre que me nutre.»

 

– Lao Tzu – Tao Te King

 

El Tao Te King es un libro que refleja una postura antiquísima, más precisamente ubicada en lo que fuera un diacrónico matriarcado originario, en el que  la espiritualidad femenina  administraba el poder y  brindaba una completa guía de vida  para todos los hombres. El pasaje que cito es uno de mis preferidos, entre otras cosas porque sugiere la existencia de dos tipos de personas: el que narra, que expresa su torpeza, su inutilidad, su oscuridad, y el otro, el que se siente seguro, el esclarecido, el ocupado. Como toda literatura de carácter tradicional, los sentidos son muchos. Tomaré uno de ellos que me permitirá describir al menos dos tipologías en el ser humano. A uno de los sujetos lo llamaré “mítico” y al otro “esclarecido”. En un artículo anterior había identificado al mítico con el buscador, mientras el esclarecido se limita a descansar ya que es quien supuestamente ha llegado a la meta.

Trataré de ceñirme a los alcances de esta tipología en lo que hace a aquellos que pueden decidir la invocación del Cristo Salvaje. A riesgo de simplificar los enrolaré en dos grandes categorías:

  1. Cristianos confesionales.

El cristiano, de acuerdo al principio anterior, puede dividirse en grandes rasgos en aquel que manifiesta el instinto de búsqueda que lo lleva a indagar más allá de los muros del dogma y de la teología moral. El otro es el que se aviene a lo establecido por los marcos eclesiales, el que practica una obediencia que suele ir más allá de toda razón.

Al primero de ellos, lo llamaré Cristiano Mítico. Suele ser criticado en el ámbito eclesiástico por buscar el misterio más allá de lo que ofrece la iglesia.[5] El sistema fóbico de la institución apelará por un lado a la persuasión y por el otro asegurará al fiel que la acción satánica, directa o indirecta  procura apartarlo del recto camino y de ese modo ganar su alma.  Se ofrece a cambio el consuelo de la bienaventuranza; la sensación de plenitud que surge del estado de éxtasis que produce la fe y que por su naturaleza es pasajero.

Si el cristiano no puede superar las exigencias de su espíritu de búsqueda, tarde o temprano buscará una respuesta fuera del marco confesional . En este sentido, hay un fenómeno que suele repetirse: luego de un tiempo de haber abandonado la iglesia y disfrutar de la libertad, la persona podrá enrolarse en una organización o movimiento separado del credo oficial , pero con características férreas tanto o más severas y crueles que las de la propia institución. Esto ocurre porque la matriz eclesiástica se encuentra inserta en la sociedad. Toda organización de carácter espiritual tiende a elaborar un dogma y un sistema fóbico: los grandes pilares de la iglesia, por más que la misma los adorne.

Este es el gran desafío que debe abordar el Cristiano Mítico y en muchos casos  la «visita» del Cristo Salvaje puede ayudar a esclarecer el camino y permitirle tomar una decisión. Es el  cristiano que procura acomodarse inútilmente al marco de su iglesia, el que de algún modo “sabe” que hay otra realidad más allá de los barrotes del dogma,   el indicado para recibir la visita del Cristo Salvaje. Personajes, sugerencias, ideas; libros que no están recomendados, conferencias que pueden ser discutibles . El fiel puede entrar en una crisis más o menos prolongadas: sentir su impulso como la tentación del propio Satanás; leerá la vida de San Antonio, la forma en la que el diablo tentó al Jesús bíblico y procurará oponerse a fuerza de jaculatorias  y penitencias contra esos impulsos que en un principio vivirá como tentaciones.

No hay muchos caminos para la solución de la crisis de fe: el instinto se acalla a través de la penitencia y de la profundización del dogma, o la persona empieza el largo camino de su realización Trimúndica, apartándose de la postura oficial de la iglesia, o procurando, en una vuelta hacia sí mismo, encontrar vías laterales que le permitan calmar esa sed de lejanías. Finalmente el fiel puede llegar a entender que este impulso no es otra cosa que el llamado del Cristo Salvaje entendido como un impulso  para encontrar su camino personal y  obtener la valentía para seguirlo.

 

Si el cristiano pertenece a los «esclarecidos», según la tipología sugerida por el Tao Te King, todo estará bien. Se soslayan las contradicciones  entre las aspiraciones celestes y los conflictos de la vida. Todo se soluciona o se solucionará en algún momento en la dimensión trascendente a la que apunta y lo lleva su religión.  Considerarán estigmas la creatividad, el riesgo, el sentido del juego, la incorporación de la fuerza sexual a su realización, . De ellos vienen las principales objeciones a la posibilidad de una figura de Jesús al margen de los esquemas eclesiales.  

 

No se puede negar que, a muchos, al menos en épocas precisas de su vida, y de acuerdo a sus historias individuales, este constreñimiento los ayuda. Me refiero antes que nada a aquellos que por una razón u otra viven el mundo como ominoso; quienes por cuestiones de educación, por haber sobrevivido a verdaderas catástrofes personales, o que por la endeblez de sus personalidades  necesiten de la seguridad precisa, acotada de los muros, los barrotes y los carceleros. [6]  En especial cuando se respira una cosmovisión en la que el consuelo que llega de un mundo trascendente inhibe muchas veces esa necesidad acuciante de modificar la realidad inmediata. El resultado es la construcción de un mundo pequeño y limitado, pero seguro y protector contra el supuesto caos que acecha fuera de sus límites.  [7]

 – Ateos y agnósticos.

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Hago una breve referencia al libro más importante de Raimon Panikkar, “El Silencio del Buda”. El mismo lleva por subtítulo “Una Introducción al Ateísmo Religioso” y entre otros fines, el autor considera al ateísmo como una reacción “auténtica” y que debe tener una respuesta. El libro se basa en el “sutra de la Flecha”, uno de los más conocidos del Buda Shakyamuni. En el mismo un discípulo se acerca al Buda con catorce preguntas, las cuales se refieren a la existencia de Dios, a si el mundo fue creado o es eterno, etc. En vez de contestar, Shakyamuni guarda silencio por tres veces. Finalmente afirma que no responderá a estas cuestiones y explica:

 

“…Es como si un hombre cae herido por una flecha envenenada y sus amigos, compañeros y parientes llaman a un médico para que le cure. Entonces, el hombre dice: “No consentiré que me arranquen la flecha hasta saber por qué clase de guerrero he sido herido. No dejaré que me arranquen esta flecha hasta saber de qué nombre o familia es el individuo…o si es alto, bajo o de mediana estatura…si es negro, moreno o amarillo…o si viene de esta o de aquella aldea, ciudad o pueblo…o hasta que sepa si la cuerda del arco estaba hecha de celidonia o de fibra de bambú o de tendón o cáñamo o de gomero, o hasta que sepa si era una flecha ordinaria o una flecha tajadora “….

Ese hombre moriría, sin haber llegado a saber tantas cosas.»

 

Explica entonces Panikkar que ante el ateísmo, la espiritualidad budista sería la más adecuada y la demostración de esto es el contenido del libro.

El sobrino de Panikkar,Agustín Paniker, autor de numerosos libros de religión, orientados en lo que sería una postura tradicional, se declara ateo. Más exactamente dice de sí mismo:

“Me declaro ateísta o trans-teísta (alguien que no necesita identificar un Dios como Causa Última) más que ateo, que en su acepción popular es alguien que no solo no cree en Dios sino que tiende a devaluar las religiones y el sentimiento religioso. Yo, en cambio, me considero espiritual (próximo a una espiritualidad que podríamos llamar secular o a un agnosticismo místico) y reivindico que existen muchas religiones abiertamente ateístas. Estoy pensando en corrientes de China como el confucianismo, el taoísmo o el maoísmo; también en el budismo, el bön y el jainismo; o en secciones del hinduismo; y en muchas de las religiones que designamos primales, esas que han cristalizado en sociedades de pequeña escala». 

 

De algún modo, el ateo o agnóstico que busca una espiritualidad, está ubicado propiamente hablando en la tipología mítica del buscador, y enuna postura mucho más auténtica que la de quienes adoptan un credo por cuestiones de educación, de inseguridad, de prestigio social, etc. Podría afirmarse en un sentido estricto, que un ateísmo con una postura de búsqueda sería una cosmovisión equivalente a la de un exoterismo, el cual no tiene que tener necesariamente la visión de un “Deus ex Machina”.

En el arte, y particularmente en la cinematografía, hay otros ejemplos del Ateo Mítico. Lo tenemos en Sergio Eisenstein y en Pier Paolo Pasolini, por ejemplo. La filmografía de ambos, contextualizada en un ateísmo a ultranza en el caso de Eisenstein y más moderado en el caso de Pasolini, revela un mundo cargado de misterio, con una entretela mítica que es evidente en las imágenes que ambos logran, así como en la estructura de sus films.

El ateo tecnofrénico, en cambio es el que exhuma el aspecto tenebroso de la creencia o de la no creencia. Un ejemplo característico es el de Mauricio-José Schwartz autor de los libros “Más Allá no hay nada” y “El Retorno de los Charlatanes”. En su obra, no sólo apunta contra todas las formas de religión, sino que insulta y arremete contra toda postura mítica. [8] Es de destacar que esta postura, la del cientificismo en todas sus formas y en todas sus ramas, tiene un significativo parecido con la estructura de la iglesia romana. Cuenta con dogmas, el primero de los cuales es la validez universal de la ciencia [9]. A partir de allí se edifican sistemas fóbicos, concilios y anatemas. Es de suponer que en un futuro, la iglesia de Roma traslade su cetro a un conjunto de científicos, como lo hiciera en la antigüedad Constantino con lo que fue a partir de entonces el cristianismo oficial.

Yendo al Cristo Salvaje: los ateos que pueden buscarlos, son aquellos en quienes el impulso mítico se encuentra a flor de piel. Los resultados son en el cristiano practicante una postura crítica hacia la iglesia y por otro lado una profundización de la búsqueda personal. En el ateo (o transteísta como dice Paniker), aumenta el sentido mítico secular y el avance hacia el propio interior

  • Resultados de la presencia del Cristo Salvaje.

El Jesús histórico jamás pretendio formar una iglesia. Su prédica incluía las posturas más dispares, presentes entre los viajeros y residentes de Galilea, región que formaba parte de la “Ruta de la Seda” y que se caracterizaba por la pluralidad de credos y tendencias. Judíos, hinduistas, budistas, buscadores de todo tipo: lo que procuraba Jesús era que cada uno de quienes lo escuchaban siguiera su camino, cumpliera su destino. Era una forma de oponerse a los postulados del Dios Marte que desde la sociedad romana y del reinado herodiano establecían moldes a los que las personas debían adaptarse.

El tiempo que permanecí en México antes de viajar a Estados Unidos me permitió estar en contacto con diferentes chamanes . Muchos de ellos formulaban y llevaban adelante formas terapéuticas vinculadas a sus ancestros, y las mismas consistían en encontrar en la perona que llegaba reclamando salud, bienestar económico u otro beneficio, el sentido profundo de su vida. La indagación del chamán era saber si el paciente  estaba haciendo lo que debía, lo que por lo general se traducía en una intensa satisfacción y en un mejoramiento espontáneo de sus condiciones orgánicas.

Esta postura de base terapéutica, es lo más parecido que encontré a las comunidades jesuánicas primitivas,  a la actuación de Jesús en las mismas y a la experiencia del Cristo Salvaje. Ausencia de estructuras, de iglesia, de dogma. Simplemente la definición y el cumplimiento del camino individual de cada uno en sus áreas corporal, mental y espiritual

Algo simple y profundo: el Cristo Salvaje al llegar a nuestra vida nos impulsa y nos brinda una dosis de energía adicional para el cumplimiento de nuestra realización Trimúndica.

 

 

 

GOCHO VERSOLARI

SAFE CREATIVE

Código de registro: 1711264937368

Fecha de registro: 26-nov-2017 15:01 UTC

 

 

 

[1] Aclaro también que aquellos ateos que aceptan invocar al Cristo Salvaje, no son los que plantean una postura absolutamente cerrada. En este artículo, en el apartado “Cuestiones de tipología”, procuraré una aproximación a diferentes clases de ateos y agnósticos.

[2] Al respecto me remito a mi artículo Otros Modelos de Iniciación, que no agota el tema y que requiere de nuevas entregas.

[3] Recuerdo que sobre el Ku no se puede predicar nada, sino que se lo define por vía negativa. Entonces tampoco podría hablarse de alguien que more en el Ku, salvo que su propia naturaleza sea la del vacío.

[4] Me remito a mi artículo Introducción al Ku (Vacío)

[5] De hecho, ésta es una de las acepciones de “Herejía”: opinión, o teoría propia, en contraposición a la ortodoxa eclesiástica. Esta condena de la propia opinión,  la singularidad aplicada a la tradición. Es lo que evita que la misma, en el caso de las iglesias cristianas, tenga el grado de movilidad generacional indispensable para mantenerse viva.

[6] Hay un hecho destacable y es el de los rasgos neuróticos de los primitivos padres de la iglesia. La “impaciencia” de Tertuliano, la conducta furibunda de Pablo de Tarso o las contradicciones de Orígenes, entre muchos otros. Cabe señalar que estos rasgos son propios de la época actual y no deberían corresponderse a ese momento de la antigüedad, ni a la pertenencia a una religión que excluiría dichas fisuras en la personalidad. Las causas de esto son múltiples; apuntaré a una que excede precisamente los límites de lo personal y que se refiere a una de las características del dios Marte. Se trata de mantener una apariencia, una imagen del “deber ser” aunque las apetencias individuales se aparten de esta imagen ideal, lo que genera un conflicto que debe ser ocultado. Esto es lo que explicaría lo que ha llegado a ser un tópico: la hipocresía de muchos cristianos. Analizaré en otro artículo estos rasgos,  pero cabe señalar que en la “proto ortodoxia” de los padres apostólicos ya se perfilaba lo que sería después la Iglesia surgida de la bendición de Roma.

[7] Leyendo estos párrafos, siento la necesidad de aclarar que en los mismos no pretendo insultar ni descalificar a quienes siguen la postura de la Iglesia. Es una apreciación que aspira a la objetividad y con la que se puede estar de acuerdo o no. Este artículo cumpliría con su meta en caso de generar el debate y de que el fiel cristiano realice una indagación profunda acerca de su conducta y de las razones últimas de su fe.

[8] El personaje citado está claramente vinculado a ciertas empresas transnacionales relacionadas con la alimentación como Monsanto, ya que defiende las semillas transgénicas, afirma la inocuidad del glifosato y otras posturas similares.

[9] La llamo “El endiosamiento del Doble Ciego”, haciendo referencia al experimento para constatar la validez científica de una sustancia o un procedimiento.

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