Karlheinz Deschner – El Dogma de la Divinidad de Cristo (2a. Parte)

 

Todavía a lo largo del Siglo II Se Consideraba a Jesús

como Subordinado a Dios

 

     Pero no sólo se distancia Pablo y queda rezagado enormemente respecto al posterior dogma de Cristo, sino que de igual manera le ocurre al Credo cristiano durante todo el siglo II. A Jesús no se le consideraba por entonces como «idéntico», sino que, como atestigua Justino el Mártir, se le reconocía «el segundo lugar tras el Dios inmutable y eterno, el creador del mundo». Y esto no sólo fuera de los grandes círculos eclesiales sino, como muestra la cita, también dentro de los mismos.

 

     En el siglo II la cristología era todavía subordinada, coloca al «hijo» por debajo del «padre», el hijo se subordina al padre; ésta es la doctrina común y natural de la Iglesia. Y tal como el Cristo joánico, para desesperación de muchos padres de la Iglesia, confiesa que «el Padre es mayor que yo», de la misma manera atestigua Ireneo, «el padre de la dogmática católica», que el Padre está sobre todas las cosas y que también es mayor que el hijo. Y lo mismo Orígenes, el teólogo estrella de la Iglesia de los tres primeros siglos, considera a Jesús un Dios menor, de segundo orden, no más poderoso que el Padre sino, al contrario, de menos poder. Enseñamos esto al tiempo que creemos en las propias palabras de Jesús, cuando dice: «El Padre, que me ha enviado, es mayor que yo»; por eso Orígenes rechaza incluso el orar a Cristo. (…)

 

     A la doctrina más antigua sobre Cristo se la denomina adopcionista, porque aquí, en contraposición a la filiación natural, existente desde su nacimiento, se adquiere por un acto de adopción. Aquí subyace la idea —ya mencionada en el bautismo de Jesús— de «que Jesús no era Mesías o hijo de Dios desde el inicio, sino que comenzó a serlo a partir de un cierto momento, delimitado perfectamente por un acto de voluntad de Dios». Y esto se expresa sobre todo en las palabras del salmo (2:7): «Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado», referidas al momento de la exaltación (Hechos de los Apóstoles 13:33). Según una vieja concepción semita, el rey es un hijo de Dios, sea por descendencia o, como aquí, por adopción en el día de su entronización. Por tanto, concuerda totalmente con el espíritu oriental el que Jesús, elevado a la derecha de Dios, se convierte en hijo de Dios… (…)

 

     Se complicó la relación entre la persona del Padre y la del Hijo aún más con la llegada de una tercera, la del Espíritu Santo; de donde surgió un monoteísmo plural, un politeísmo refinado.

 

 

La Aproximación del Espíritu Santo

 

     Aun cuando Dios, a tenor del Evangelio de Juan es ya espíritu, la Iglesia distinguió una vez más entre el Espíritu Santo y Dios; ya en Irán se había predicado un «Espíritu Santo» (spenta manju). Y, por supuesto, la tercera persona divina fue la última persona descubierta en el cristianismo.

 

     Y como en el cristianismo nada es original, tampoco lo es la doctrina de la Trinidad. Hubo trinidades en el hinduísmo, en el budismo… así como en todas las grandes religiones helénicas. Hubo una teoría trinitaria de Apis y Sarapis; hubo una trinidad en la religión dionisíaca: Zagreus, Fanes y Dioniso; hubo una trinidad capitolina: Júpiter, Juno y Minerva. También en la época post-cristiana prosiguieron parecidas asimilaciones, sonaron imprecaciones como: «Uno es Bait, uno es Ator, ambos son una fuerza, uno es Acorio tu querido padre del universo, querido Dios triforme». O: «Uno es Zeus, Serapis y Helios Hermanubis». O: «Uno es Dios: Zeus-Mitra-Helios, el dominador invencible del mundo».

 

     Y en la Edad Media se representa de nuevo en cuadros e imágenes la divinidad de tres miembros como símbolo de la trinidad cristiana. Ya en el hinduísmo y budismo, la divinidad de tres cabezas era símbolo de la trinidad, al igual que en el paganismo pre-cristiano. Manifestaciones que, por supuesto, han sido combatidas.

 

     Para el cristianismo primigenio las ideas trinitarias eran totalmente extrañas. Claro está, Jesucristo nada sabía de esto. Fue Mateo (28:19) quien por primera vez puso en boca del «resucitado» el supuesto mandato del bautismo: «Id y enseñad a las gentes y bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo»; según información de la Teología Crítica se trata de una falsificación. Tampoco en Pablo se da una doctrina sobre la trinidad, ni alusiones trinitarias. Y en la Biblia se atestigua el dogma de la trinidad tan escasamente que, por eso mismo y probablemente en el siglo IV, se dio una de las falsificaciones más conocidas del Nuevo Testamento, la denominada «coma joánica» (Comma Johanneum), que consistía en modificar en varios códices la colocación de la coma de la primera Carta de Juan (5:7): la frase «Tres son, los que atestiguan: El espíritu, el agua y la sangre, y los tres son uno», se cambia por: «Tres son, los que dan testimonio en el cielo, el Padre y la Palabra y el Espíritu Santo, y estos tres son una misma cosa» [6].

 

[6] «La falsificación procede del Norte de África o de España, donde aparece por primera vez alrededor de 380», Deschner, obra citada, vol. IV, p. 91.

 

     Fue en el siglo II cuando, poco a poco, fue surgiendo la doctrina de la fe en el Espíritu Santo. Un teólogo como Tertuliano subordinaba el «Espíritu» al «Hijo», igual que a éste lo colocaba bajo el «Padre». Y lo mismo hay que decir de Orígenes, que prohibió la adoración de la tercera persona divina, al igual que ya antes lo había prohibido el padre de la Iglesia Clemente de Alejandría. Y refiriéndose al inicio del siglo III, escribe el teólogo Harnack: «apenas nadie pensaba en la personalidad del Espíritu Santo».

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     Hasta el dogmatista católico Michael Schmaus, por lo demás un entusiasta enaltecedor del nacionalsocialismo, tiene que admitir que los «padres» pre-nicenos en sus esfuerzos reflexivos filosófico-teológicos se veían incapaces de compaginar la trinidad y la unidad, la heterogeneidad y la igualdad, e incurrían en conceptos confusos y expresiones erróneas. Además la Escritura misma, mediante determinadas expresiones, que afectan al logos hecho hombre, y mediante su doctrina de los orígenes, exige una cierta subordinación de la segunda y tercera persona.

 

     Con el tiempo el Espíritu Santo fue adquiriendo importancia, ciertamente no tanta como el Hijo, y fue produciendo cada vez más dolor de cabeza el comportamiento de un Dios respecto al otro, de un espíritu —también Dios es espíritu— frente al otro, del Padre respecto al Hijo, del Hijo con el Espíritu Santo, del Espíritu con el Padre. Mucha tela que cortar.

 

     En el mismo siglo en el que se definió el dogma de la Trinidad, y la doctrina de la Trinidad se elevó a ley orgánica, se negó la igualdad —la homousia de Padre, Hijo y Espíritu— en un extenso campo cristiano bajo la dirección de Arrio.

 

 

 

Arrio y el Final del Debate Arriánico

 

     La Iglesia católica hizo de Arrio, al igual que de casi todos sus enemigos competentes e importantes, una caricatura abominable: lo tildó de mentiroso e impostor, de arrogante y mezquino. Pero Arrio, párroco de la iglesia de Baucalis, la iglesia más prestigiosa de Alejandría, debió ser un hombre bien formado y querido, en modo alguno dogmático y extremista, antes bien agradable en el trato y de gran espiritualidad. Arrio no negaba la trinidad sino que tan sólo defendía, mientras subordinaba al Hijo al Padre y al Espíritu Santo al Hijo, un subordinacionismo categórico. Con ello se acercaba a los Evangelios y a toda la tradición del cristianismo primigenio; en cualquier caso, estaba mucho más acorde que la Iglesia, que convirtió en dogma la creencia en la divinidad de Cristo. Arrio puso, en cambio —aun cuando también hiciera de Jesús un ser híbrido, un semidiós— su centro de gravedad no en la fe sino en el ethos. «Arrio», escribe el teólogo Walter Nigg, «quiso acentuar sobre todo el seguimiento de Cristo, preocupación que pasaba a segundo término ante el remarque unidimensional de la función redentora de Cristo. Éste es el gran privilegio de Arrio, a menudo pasado por alto, y que muestra mejor que nada lo mucho que a este hombre le interesaba Jesús» [7].

La muerte de Arrio

[7] La predicación que Arrio inició hacia el año 318 se encontraba en la línea de otras anteriores negadoras de la estricta divinidad del Verbo. Marcaba así distancias entre la naturaleza del Hijo y la del Padre, cuya preeminencia y originalidad quería salvaguardar a cualquier precio. Arrio aparecería así como un “subordinacionista” –acusación favorita de los opositores- que establece diferencias de categoría entre las distintas Personas de la Trinidad. El Padre, a su entender, era el único «inengendrado» (agenetos) y el que no tenía principio, ya que Él era el principio (arjé) de todos los seres. El Hijo, que había sido creado y había recibido la vida del Padre, era ontológicamente inferior a éste, pero se situaba por encima de todos los seres. Se le podía considerar así dotado de una especial fuerza divina. Arrio siempre llama al Verbo como Hijo de Dios para mantenerse dentro de los consagrados usos bíblicos. Cristo actuaría como una especie de intermediario entre la divinidad y los hombres, superior en todo a estos pero «subordinado» en cualquier caso al Padre.

 

     Su obispo Alejandro, en favor del cual él mismo había renunciado a la silla episcopal, lo excomulgó, aun cuando el mismo Alejandro había sido anteriormente un defensor de la idea de subordinación. Se expulsó al párroco «hereje» del país con todos sus seguidores, entre ellos los obispos Segundo y Teonas. Fueron muchos los dirigentes de la Iglesia que abogaron por Arrio; un sínodo en o cerca de Nicomedia tomó también partido por él; otro sínodo palestino los restituyó a él y a sus seguidores en sus puestos. Pero siguió la disputa y discusión, y la iglesia occidental, cuyas fuerzas espirituales en Roma eran especialmente escasas, no entendió ni de lejos la cuestión, discusión que en Oriente adquirió una increíble popularidad, y terminó dividiendo a la Iglesia oriental en dos bandos. Hay que decir que quien le confirió al arrianismo agresividad, intensidad y duración fueron no tanto las diferencias dogmáticas cuanto la lucha por el poder de las sedes episcopales. Fue una táctica, empleada con frecuencia sobre todo por Atanasio, el principal enemigo de Arrio, la de trasladar las confrontaciones y luchas político-eclesiales al ámbito de la fe, donde siempre se encuentran razones para acusar. Desde un principio, en esta disputa secular se trataba menos de diferencias dogmáticas que del núcleo de una típica política clerical.

 

     En el famoso concilio de Nicea (325), cuyo nivel fue tan bajo que un contemporáneo malicioso lo calificó como «sínodo de puros idiotas», sucumbieron los arrianos. Se les arrebató su profesión de fe y se hizo trizas de ella. Y el emperador Constantino, todavía no bautizado, impuso a los prelados en la profesión de fe de Nicea una fórmula, no defendida por ninguno de los bandos: la igualdad del Hijo con el Padre, la identidad de una substancia divina en ambas personas, el concepto «homousios» (latín: consustantialis). Este concepto no provenía, como se creía a comienzos de nuestro siglo, de la teología de la Iglesia —ésta lo había rechazado ya expresamente en la segunda mitad del siglo III— sino que provenía —al igual que muchos otros termini technici de la dogmática católica— de la teología de los «herejes», de la doctrina de los gnósticos [8].

 

[8] «Fue Constantino quien convocó el Concilio, y no el «Papa». También él lo abrió el 20 de Mayo y ocupó la presidencia. El Emperador corrió con los gastos de los participantes, sobre cuyo número los datos oscilan entre 220 y 318», Deschner, obra citada, vol. II, pág 24 y s.

 

     A pesar de la proscripción de Arrio y de sus seguidores más importantes la lucha prosiguió sin perder virulencia. Se celebraron nuevos sínodos, se llegaron a nuevas rehabilitaciones y ocurrieron nuevos destierros. Finalmente murió Arrio en 336 en Constantinopla, en la calle de muerte misteriosa, a juicio de los católicos, víctima del juicio divino, a juicio de los arrianos, asesinado. 45 años más tarde, en 381, se estableció en la denominada profesión de fe niceno-constantinopolitana por primera vez el dogma de la Trinidad, convirtiendo la doctrina trinitaria en ley orgánica, en contra del Nuevo Testamento, en contra de la fe de toda la cristiandad primigenia y en contra de la razón [9].–

 

[9] «Creemos en un solo Dios, el Padre todopoderoso… y en un solo Señor, Jesucristo… verdadero Dios del verdadero Dios, engendrado, no creado, de la misma naturaleza (homousios) que el Padre… Y en el Espíritu Santo…», Deschner, obra citada, vol. II, p. 26.–

 

Karlheinz Deschner

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