Ouroboros

Karlheinz Deschner: Cómo se llegó a los dogmas  y por qué no debería haberse llegado

Cómo se llegó a los dogmas  y por qué no debería haberse llegado

 (Capítulo I de «El Credo Falsificado)

 Por Karlheinz Deschner

 

Lo que Jesús anunció fue el Reino de Dios,

y lo que llegó fue la Iglesia

El teólogo Alfred Loisy

 

 

 

Está claro que Jesús se equivocó al esperar

un fin del mundo cercano.

El teólogo Rudolf Bultmann

 

 

 

¿Existió Jesús?

 

El cristianismo (por mucho que originariamente se opusiera a seguir el curso de la historia) es objeto de la ciencia histórica, por tanto lo es la discutida persona de Jesús, como parte integrante de su mitología, lo mismo que Adán, Zeus, Apolo u otros; ni más ni menos.

 

El teólogo Friedrich Pzillas

 

 

Con frecuencia los apologistas responden a la pregunta de si Jesús existió realmente con otra pregunta: ¿Existió Napoleón?; y se muestran increíblemente perspicaces y contundentes. ¡Como si alguien hubiera puesto en duda alguna vez la existencia histórica de Napoleón! “Pues no hay ninguna vida –así se afirma incluso con imprimátur1 en la segunda mitad del siglo XX- de toda aquella época que haya sido tan clara y seriamente testificada como la vida y obra de Jesús. Existen informes sobre Cristo, por ejemplo, de Tácito, de Plinio, de Suetonio. Existen además testimonios judíos de Flavio Josefo, Justino y en el Talmud.” Pero ya en la misma página se puede leer que es comprensible que “los paganos no hicieran mucho hincapié en Cristo.” Y que “los judíos hicieran todo lo posible por no hablar de él.” De cualquier manera existen “muchos testimonios sobre Cristo fiables, de modo que resulta insostenible el tachar a Cristo de mito o fábula y negarle su personalidad histórica.”

 

Otro apologista hecha en falta una “anotación oficial de Jesucristo en el registro.” Aun cuando, comenta, de haber existido tal como hoy lo entendemos, hubiera sido muy difícil que hubiera llegado hasta nuestros días. “Basta con que pensemos en la cantidad de gente, de huidos y perseguidos por las bombas, que en nuestros días han perdido su documentación sin volverla a encontrar ya nunca más…” Claro está, este apologista de la única verdad salvífica conoce también “testimonios” paganos, judíos y, naturalmente, cristianos. Y también él tiene que reconocer finalmente que: “Los escritores de la época de Jesús dicen muy poco de él, pero que es explicable porque los judíos no le mencionan por odio, y los romanos por orgullo.”

 

¿Qué ocurre con la historicidad de Jesús?

 

Que es posible que haya existido, quizá es hasta más probable que lo contrario; pero la probabilidad de que no haya existido no está descartada2. Quien, por principio, da por demostrada la historicidad de Jesús lo mínimo que se puede decir de él es que no es leal, y quizá un tramposo. No existe una prueba segura, al menos hoy día no es aducible. Y si no aparecen en el futuro nuevas y decisivas fuentes va a seguir permaneciendo el asunto en una nebulosa. Claro está, tampoco la no existencia está demostrada. A comienzos de siglo

 

 

1 licencia que da la autoridad eclesial para imprimir un escrito
2 “…Jesús de Nazaret, cuya existencia real sigue siendo objeto de polémica, pero que por varias razones me inclino por una respuesta positiva si se concibe como un simple ser humano sin la menor connotación divina”,

El mito de Cristo, Gonzalo Puente Ojea, ed. Siglo XXI, 2000.

 

no se debate, pero en modo alguno está solventada la cuestión. Algunos argumentos de quienes niegan la historicidad de Jesús han ido perdiendo fuerza, otros han cobrado vigor.

 

Es patente y manifiesto el silencio en la historiografía de su tiempo. El mundo no cristiano del primer siglo –el siglo de Jesús- ignoró a Jesús. ¡Ningún historiador habló de él, ni en Grecia, ni en Roma ni en Palestina!

 

Suetonio, que escribió en la primera mitad del siglo II, conoce a Jesús tan poco como su amigo Plinio el Joven; o más llamativo aún, el judío Justo de Tiberiades, contemporáneo y compatriota de Jesús, y que vivía en Tiberiades, no lejos de Cafarnaún –donde Jesús actuó con frecuencia- no le menciona en su importante obra Historia de los reyes judíos, que va desde Moisés hasta Herodes Agripa II, es decir, hasta el nacimiento del Evangelio de Juan. Este increíble silencio, por cierto muy elocuente, lo explican los apologistas diciendo que  la transmisión de la obra es fragmentaria, extraviada como unum, como conjunto hace tiempo -quizá una desaparición no del todo casual-. ¡Vaya usted a saber lo que se decía allí sobre Jesús! Puede ser, pero ¿por qué se extrañaba tanto un hombre sabio y erudito del  siglo IX (un hombre nada sospechoso, como Focio, el patriarca de Constantinopla, que, por lo visto, entre sus 12.000 volúmenes en su haber se hallaba un ejemplar de la Historia de los reyes judíos de Justo, tal como se dice en un libro suyo) de que este preciso relator de Galilea no mencionara a Jesús, el más grande de todos los galileos?

 

Tampoco dice nada de él Filón de Alejandría, sabio que sobrevivió en 20 años a Jesús. Y llama la atención porque Filón era un excelente conocedor del judaísmo, de sus sagradas escrituras y de las sectas, e informa también de los esenios3 y de Pilatos.

 

Y precisamente ese silencio de los historiadores judíos resulta insoportable a los cristianos. Y, por eso, uno de ellos introdujo de contrabando en el siglo III una breve mención de Jesús en la obra Las antigüedades judías de Flavio Josefo, escrita hacia el 93. En ella se denomina a Jesús “un hombre sabio –si de verdad se le puede llamar hombre”, “un maestro de los hombres que aman la verdad”, “el Cristo.” ¡No deja de ser curioso que el ateo judío Josefo dé testimonio no solo de los milagros de Jesús sino también de su resurrección y del cumplimiento de las profecías!

 

Lo cierto es que ninguno de los antiguos padres de la Iglesia hace mención de esta supuesta cita de Josefo que, de haberla conocido, la hubieran citado de mil amores en su lucha contra los judíos: ni Justino hacia el 150, ni Tertuliano en el 200 ni, tampoco, Cipriano hacia el 250. El escritor  de  la  Iglesia  Orígenes  dice  repetidamente  que  Josefo  no  es cristiano.

¡Todavía en el siglo XVII el teólogo holandés Gerhard Johann Vossius poseía un manuscrito del texto de Josefo en el que no se decía ni palabra de Jesús!” Apenas si cabe duda, en general todos admiten que el sospechoso testimonio flaviano es una falsificación cristiana.

 

Como única fuente histórica extra-cristiana sobre Jesús quedaría una breve referencia en los Anales de Tácito a un “Cristo, que bajo el emperador Tiberio fue muerto por el prefecto Poncio Pilato.” Pero su informe data de casi un siglo después de la supuesta muerte de

 

3 secta judía Antigua que practicaba la comunidad de bienes

 

Jesús, y además se basa únicamente en los rumores que circulaban en el siglo II. Este  pasaje huele a falsificación ya que, tras diez siglos de silencio, aparece en un único manuscrito del siglo XI. Pero aun cuando este testimonio de Tácito –que, como ya hemos indicado, es sumamente dudoso- fuera auténtico, en el estado actual de las cosas tendría poco valor probatorio, de modo que estamos abocados a los documentos cristianos, algo que, dicho sea de paso, también lo admite y reconoce el teólogo católico Guardini cuando dice que: “El Nuevo Testamento constituye la única fuente, que da información de Jesús.”

 

Pero aquí nos topamos, de nuevo, con una nueva sorpresa, puesto que Pablo, el testimonio más antiguo del Nuevo Testamento, apenas dice nada sobre la vida de Jesús. Y es que no son los Evangelios sino las cartas de Pablo los escritos más antiguos neotestamentarios. El que algunas de éstas hayan sido falsificadas –las dos a Timoteo y la carta a Tito4 con toda seguridad, con gran probabilidad también la carta a los efesios, es fácil también la carta a los colosenses y, sobre todo, muy probable la segunda a los tesalonicenses-, el que otras contengan añadidos de mano extraña o sean composiciones de distintas cartas de Pablo, hechas por algún desconocido, aquí no nos importa en demasía; sí en cambio cabe destacar el poco papel que juega en Pablo todo lo histórico de la figura de Jesús. El carácter y los rasgos de su vida le interesan tan poco como su ética. Palabras del Señor, de las que más tarde están saturados los Evangelios, apenas aparecen en Pablo. Se discute si las cita dos, tres o cuatro veces. Pablo evita hasta el nombre de Jesús. En todo el corpus paulinum tan sólo aparece 15 veces el nombre de Jesús, en cambio el título de “el Cristo” se cita nada menos que 378 veces5.

 

“El cristianismo recibió su nombre de Cristo y no de Jesús. No existe, ni se ha dado nunca, un jesuanismo. Jesús tiene una importancia secundaria en lo que conforma lo cristiano en el cristianismo. El hombre, al que bastante después de su muerte se le reconoció como “el Cristo”, pudo perfectamente llamarse de otra manera, pudo habérsele dado arbitrariamente otro nombre.” El mismo Nietzsche se burla de la libertad con la que Pablo “trata el asunto de la persona de Jesús, escamoteándolo: Alguien que ha muerto, a quien se le ha vuelto a ver tras su muerte. Alguien a quien los judíos le entregaron a la muerte… Él fue el causante de este rebaje y futilización de Jesús; así pudo afirmar un importante negador de la historicidad de Jesús, Arthur Drews, por razones comprensibles, que Pablo no sabía nada de Jesús.

 

Los Evangelios narran muchas más cosas. Pero ¿son fiables?

 

 

 

¿Qué valor histórico encierran los Evangelios?

 

En ellos en absoluto existe interés histórico

 

El teólogo Kendrik Grobel

 

4 llamadas cartas pastorales
5 Deschner especifica y fundamenta más esta cuestión en el vol. IV de su “Historia criminal del cristianismo”, pag. 80 y s. Ed. Martínez Roca 1993

 

Para el historiador exigente… el tema de los originales resulta deficiente. Lo históricamente seguro y lo legendario se mezclan continuamente. Uno llega pronto a la conclusión de que “de las fuentes que nos proporcionan los Evangelios no es posible deducir al “Jesús primigenio”, al Jesús tal y como realmente fue. El Jesús sólo tiene que ver con el Jesús tal y como lo han visto sus primeros discípulos, con el Cristo tal y como se representó en la fe de su comunidad.

 

Hans Joachim Schoeps

 

Sigue siendo cuestionable qué contiene el mensaje de Jesús

 

El teólogo Ernst Percy

 

 

Admitida su existencia, no se conoce que Jesús escribiera nada. Según opinión general, sus oyentes no registraron por escrito ninguna de sus palabras. Las pusieron en circulación oralmente; sólo, como lo explica la critica moderna de la historia de las formas aplicada a los Evangelios, a su muerte comenzaron a circular piezas sueltas sobre él, pequeñas historias, comparaciones, sentencias, parábolas. El primero que las recogió por escrito fue un tal Juan Marcos, el acompañante del apóstol Pedro. Según la tradición de la primitiva Iglesia Marcos no escuchó a Jesús en persona, sólo escribió de lo que recordaba de habérsele oído a Pedro y, por lo visto, sólo escribió a la muerte de éste. Hacia el 140 informa el testigo más viejo, el obispo Papías de Hierápolis: “Marcos ha registrado con exactitud las palabras y hechos del Señor, que él recordaba como traductor de Pedro, pero sin seguir un orden. Y es que él no escuchó ni acompañó al Señor, aunque, como se ha dicho, sí acompañó más tarde a Pedro, y Marcos ajustaba sus exposiciones a las necesidades, pero no de manera que hiciera una exposición continuada y coherente de las enseñanzas del Señor. De ahí que no pueda imputar a Marcos que anotara lo que recordaba.”

 

“Lo que recordaba”, tras esto se esconden varias cuestiones. Y es que, como no existía una historia oral coherente de la supuesta actuación de Jesús, Marcos no sólo reunió las narraciones existentes en circulación, recogiéndolas, escribiéndolas tal y como las encontraba, sino que creó y elaboró también el marco mismo de la historia evangélica. La mayor de las veces no se sabía con qué ocasión se dijeron aquellas palabras –caso de que se dijeran alguna vez-. Como es natural el cuándo era lo que menos interesaba. Pero, a veces, tampoco se sabía el dónde, y mucho menos la secuencia, el orden, y no digamos nada la palabra exacta. De ahí que Marcos agrupara, añadiera o puliera el material a su criterio. Él rellenó las lagunas y huecos entre los diferentes elementos de la tradición mediante anotaciones, describiendo situaciones inventadas, añadidos propios; y, con ello, suscita la apariencia de una topografía estable y el aspecto de una narración con coherencia cronológica, pero, sobre todo, presenta el material bajo un determinado prisma. La definición de Nietzsche del cristianismo como el arte de una mentira sagrada se verifica a través del primer y más antiguo evangelista.

 

No sólo en la antigüedad, también en el cristianismo se permitió, desde el inicio, la mentira piadosa. “Esta religión”, escribe Wyneken, “que quería llevar a los pueblos la verdad, operó en una dimensión sin parangón con la mentira y el engaño. Y este reconocimiento se lo debemos a sus propios sabios, para ellos una tercera parte de los escritos del Nuevo Testamento son falsificaciones, es decir, escritos que se imputan injustamente a apóstoles como sus autores, lo que aparentemente no perjudica a su carácter de “palabra de Dios.” Y, desde ese momento, ya nunca más se interrumpe en la literatura cristiana la cadena de intentos de falsificación. Como disculpa de esta mentira piadosa se aduce que estos escritores no hacían sino seguir una costumbre de la antigüedad. Pero en el caso de que así fuera: ¿Es ésta una disculpa suficiente? Siempre seguimos oyendo que el cristianismo mejora la moral del mundo antiguo, la profundiza y eleva, que trajo al mundo una moral nueva y superior, pero, por lo visto, esa mejora no se dio en el amor por la verdad.

 

Tras reconocer Pablo que lo que a él le importa es anunciar a Cristo “con buena o mala fe”, uno de los cristianos más prestigiosos, Orígenes, aboga claramente por la mentira y el engaño como “medio de salvación”. Y el doctor de la Iglesia -máxima distinción para los católicos, de hecho de los más de 260 Papas sólo dos son doctores-, y patrono de los predicadores, Juan Crisóstomo, difundió la necesidad de la mentira si es para conseguir la salvación del alma, apoyándose en ejemplos del Antiguo y Nuevo Testamento.

 

De ahí que antiguos cristianos falsificaran un intercambio epistolar entre Jesús y el rey Abgar Ukkama de Edesa6 y una carta de Pilatos al emperador Tiberio; la misma Iglesia atribuyó injustamente Evangelios a los apóstoles Mateo y Juan. Incluso se falsificó un Evangelio, para protegerlo y potenciarlo con la autoridad de los apóstoles, atribuyéndolo a los doce. Se falsificaron dos cartas del Nuevo Testamento a nombre de los apóstoles Santiago y Juan, se falsificaron cartas, como ya se ha dicho, a nombre de Pablo; es decir, el libro santo, la Biblia, está repleto de documentos falsos. “Las falsificaciones”, escribe el teólogo Carl Schneider en su monumental Historia del pensamiento del cristianismo antiguo “comienzan en la época neotestamentaria y todavía no han concluido.”

 

El jesuita Brors sostiene (con permiso de la autoridad eclesial): “En la Sagrada Escritura no se contiene ningún error, porque Dios no puede equivocarse.” Y el jesuita Linden explica (también con imprimátur) que los cuatro Evangelios “como todos los restantes libros de la Sagrada Escritura se han escrito bajo inspiración del Espíritu Santo y, por tanto, no contienen nada más que la palabra infalible de Dios… Si hay algún libro de la época antigua que merece plena fe estos son los Evangelios.” E incluso el concilio Vaticano I decreta que todos los libros de la Sagrada Escritura, con todas sus partes, han sido escritos “bajo inspiración del Espíritu Santo y Dios es el autor.”

 

Todos los Evangelios, en su origen, fueron transmitidos anónimamente. Sólo más tarde fueron adquiriendo el nombre de los autores, la Iglesia los puso en circulación como obras de apóstoles primigenios y de discípulos de los apóstoles, lo que les confería su autoridad y credibilidad. Pero la realidad es que ninguno proviene de apóstol alguno. Y todavía hoy no sabemos si Lucas es el mismo que el acompañante de Pablo o si Marcos se confunde con el compañero de Pedro. Lo que sí sabemos es que el autor del Evangelio más antiguo,

 

6 “Abgar Ukkama, el príncipe, envía su saludo a Jesús, el buen Salvador, que ha aparecido en Jerusalén. He tenido noticias tuyas y de tus curaciones y he sabido que éstas las has hecho sin medicamentos ni hierbas…” Se refiere a Abgar V, 9-46 d.C., y debió ser falsificado hacia el 300, pretendía datar en la época apostólica la fundación de la Iglesia de Edesa.

 

posiblemente escrito entre los años 70 y 80 y en Roma, y llamado Marcos, no fue ningún testigo ocular. También para él vale lo dicho por uno de los exegetas más importantes de nuestros días, el teólogo Martín Dibelius: carece “de toda huella de un recuerdo personal.” Las narraciones cristianas primigenias no contenían “material biográfico alguno digno de tal nombre.”

 

Y lo mismo vale para los Evangelios de Mateo y Lucas, escritos probablemente una o dos décadas después del de Marcos y, en parte, dependientes de él. Y con más razón cabe decir del último, el cuarto Evangelio, el denominado de Juan, que es totalmente ahistórico.

 

La teología moderna, históricamente crítica, sostiene unánimemente que “ni de la vida de Jesús, ni de sus estadios, ni de su particularidad anímica, ni de su desarrollo se puede comprobar nada.”

 

Y los teólogos críticos no sólo renuncian a la exposición evangélica de la vida de Jesús sino también al “marco” de su historia. No solo se da poca importancia y valor a las descripciones de situación, a los datos de lugar y tiempo, a la mayoría de los milagros, que se los considera como añadidos de cosecha propia, sino se considera también secundaria parte de la doctrina transmitida.

 

Desde D.F. Strauss y F.C. Baur, pasando por Wellhausen, Wrede hasta Bousset, Goguel, Dibelius, Klostermann, Bultmann, Werner, Hirsch… entre otros, la teología crítica considera la doctrina del Jesús histórico como no idéntica con la reproducida por los Evangelios. La investigación libre, no forzada por dogmas, obligaciones y permisos, muestra que la predicación de Jesús -a través de los apóstoles y primeros misioneros hasta llegar a la segunda o tercera generación de cristianos, entre los que se encuentran los evangelistas- sufrió voluntaria o involuntariamente matices y colores que lo modificaron esencialmente.

 

La teología científica cree que las palabras de Jesús se transmitieron con más cuidado que sus hechos; que palabras y narraciones evangélicas, originariamente orientadas de manera muy distinta, son tratadas poco a poco como puzzles que encajan entre sí; también el judaísmo de esa época transmitió la Halacha -la parte jurídica del Talmud- igual que la Haggada -los materiales legendarios y teológicos ampliamente expuestos y comentados por los estudiosos de las escrituras-. Tampoco las palabras de Jesús fueron intocables, se fueron ampliando, complementando. En muchos casos es fácil demostrar que él no las pudo pronunciar, en otros casos es discutible, hay algunas que se las tiene por verdaderas…7

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Del estudio de la exégesis crítica se deduce que los Evangelios no son fuentes históricas fiables sino productos de literatura mitológica surgidos del delirio de la fe, escritos misioneros y de propaganda destinados no sólo a fortalecer a los cristianos en su credo sino a ganar nuevos adeptos. Sus autores no habrían tenido el menor interés por la realidad histórica, tal y como la entendemos nosotros. Dicho de otro modo: Los Evangelios son

 

 

7 El profesor Gerd Lüdemann ha escrito un libro: “Jesús, 2000 años después. Lo que dijo e hizo”, ed. Zu Klampen, 2000, en el que analiza las palabras y hechos auténticos de Jesús.

 

producto de la fantasía de las comunidades posteriores. Antiguos mitos han ido depositado su huella.

 

Si los teólogos más importantes de nuestro siglo caracterizan al Evangelio como una “colección de anécdotas” a utilizar con “extremado cuidado”, “no interesadas por la historia”, cabe preguntarse de nuevo, con qué base y seguridad se aferran a la existencia de Jesús. No cabe pues extrañarse de que un estudioso como Bultmann, que al darse por vencido por Karl Barth delató toda su juventud crítica, no quiso seguir hablando de una “personalidad” de Jesús porque no es nada lo que podemos decir de una personalidad de Jesús. Es la confesión de Barth, de la que nos hablan sus tomos: prefería no “seguir participando en la búsqueda del Jesús histórico.”

 

La duda se acrecienta y crece y, junto a los interrogantes despuntados en la historia del origen de los Evangelios, surge de nuevo un gran factor de inseguridad con la pregunta:

 

 

 

¿Cómo se transmitieron los Evangelios?

 

Las numerosas copias (del Nuevo Testamento hay unas 4000) coinciden en todos las cosas importantes

 

Monseñor Alfons M. Rathgeber

 

… toda una selva de variantes, añadidos y supresiones entre sí

 

El teólogo Hans Lietzmann

 

No sólo no tenemos ningún original de los Evangelios –aun cuando hasta el siglo XVIII se ha sostenido poseer el original del Evangelio de Marcos, incluso por duplicado, uno en Venecia y otro en Praga y, además en latín, en una lengua en la que ninguno de los evangelistas escribió-, es que no existe el texto original de ningún libro neotestamentario, de ningún libro bíblico. Ni tampoco existen las primeras copias. Sólo hay copias de copias de copias.; copias de manuscritos griegos, de latín antiguo, de sirio, traducciones coptas y de citas neotestamentarias de los padres de la Iglesia recogidas de memoria. En Orígenes hay como unas 18000. Respecto a las obras de los padres de la Iglesia no todas gozan de igual predicamento en cuanto a la transmisión.

 

Las copias de los Evangelios no se llevaron a cabo exentas de faltas. A lo largo de dos siglos estuvieron expuestas, voluntaria o involuntariamente, a las intervenciones y deformaciones de los copistas, experimentaron en su dar a conocer, por expresar en frase de los teólogos Feine y Hehn, multitud de modificaciones, y también se vieron expuestas a ampliaciones y omisiones voluntarias. Y, como demuestra el teólogo Hirsch, glosadores y redactores eclesiásticos pulieron, añadieron, armonizaron, limaron y las mejoraron. De modo que, al final, como escribe el teólogo Lietzmann, surgió un gran bosque de variaciones, añadidos y omisiones opuestos entre sí, y, como el teólogo Knopf explica, en muchos pasajes nosotros no podemos determinar el texto primigenio con seguridad sino tan

 

solo con probabilidad. De todas formas esto no es nada extraño, también los antiguos egipcios corrigieron sus escritos sagrados.

 

No obstante, afirma el teólogo católico Alexander Zwettler (con el permiso de impresión del arzobispado ordinario de Viena): “Ningún libro de la literatura del mundo ha sido transmitido a la posteridad con tanto esmero como la sagrada Escritura. Se excluyen el engaño y la mentira. Alois Stifvater, presidente de Kolping, rebajaba sólo en un uno por ciento la credibilidad de la Biblia: “La Biblia está en un 99% en orden”. Más bien diríamos que lo contrario se ajusta más a la verdad. Stiefvater se apoya también en la crítica moderna de la Biblia. ¿Por qué la Biblia iba a estar tan mutilada?, se pregunta. “La Biblia ha sido transmitida con más preocupación y esmero que los demás libros. Además la crítica moderna se ha cuidado de que la Biblia sea examinada científicamente con cuidado y detalle… Se la puede creer”.

 

En realidad, con las copias de los Evangelios se procedió, sobre todo en los primeros tiempos, casi sin miramientos; a lo largo de un siglo no fueron tenidas ni por sagradas ni por intocables. No existía ningún Nuevo Testamento, y al carecer de una sagrada escritura propia se reivindicaba la del judaísmo. Fue en la segunda mitad del siglo II, cuando, por primera vez, la transmisión oral fue adquiriendo formas cada vez más inverosímiles, cuando los Evangelios se equipararon al Antiguo Testamento para, finalmente, terminar anteponiéndolo. Es ahora cuando se comienzan a prioritar los cuatro Evangelios -más tarde canónicos- a los muchos “apócrifos” hasta convertirlos en el “Evangelio”. Pero durante largo tiempo no se tienen por inspirados. Y es que fuera del autor del Apocalipsis, que entró con facilidad en la Biblia, ningún autor neotestamentario consideró su producción como divina o inspirada por Dios, ni Pablo, ni los autores de las restantes cartas, ni, tampoco, los evangelistas. Al contrario, la aseveración de Lucas de haber “examinado con detalle todos los hechos desde el inicio” demuestra con nitidez lo poco que el escritor se sentía llevado por la inspiración divina. Tampoco creía hacer algo extraordinario. En el primer versículo confiesa que “ya antes de él muchos habían redactado tales cosas. Pero como no le convencían quiere mejorarlas.”

 

Naturalmente, también los incontables copistas quisieron mejorar los Evangelios. Ellos tacharon y añadieron, parafrasearon y se desahogaron en detalles, escribieron mucho más de lo que era mera trascripción de copia. Los teólogos Hoskyns y Davey afirman que el “texto original va desapareciendo más y más; se van dando cuenta de las contradicciones que van surgiendo entre los manuscritos de distinta trasmisión y se intenta ajustarlos: el resultado es un verdadero caos.” A juzgar por el teólogo Jülicher, hasta el año 200 los textos neotestamentarios sucumbieron “en parte a una degeneración formal”, se procedió con los Evangelios como se quiso, se los ajustó a gusto y capricho. Pero también posteriores copistas siguieron cambiando, añadiendo nuevos milagros o exagerando los ya existentes.

 

Y para poner fin a tanto desmán el año 383 el obispo Dámaso de Roma encargó a Jerónimo, un falsificador y un calumniador nato (a quien la catolicidad, guiada por su instinto, le hizo patrono de sus facultades teológicas), la elaboración de un texto unificado de las Biblias latinas, de las que no había dos que coincidieran en párrafos un tanto extensos. El secretario papal modificó el original de los modelos, que utilizó como base para su “legitimación” de

 

los cuatro Evangelios, en unos 3.500 lugares. Esta traducción de Jerónimo, la conocida como Vulgata y rechazada durante siglos por la Iglesia, fue declarada en el siglo XVI por el concilio de Trento como auténtica.

 

Y así como entre los manuscritos latinos clásicos de la Biblia no se podía armonizar del todo ninguno con los demás, algo parecido ocurría con los griegos (en 1933 se conocían alrededor de 4.230 y en 1957 se conocían 4.680 manuscritos griegos del Nuevo Testamento), y no había dos que coincidieran exactamente en el texto. Y los códices no concuerdan ni en la mitad de las palabras. Y esto, aun cuando en la transmisión manual escrita se han ajustado los Evangelios entre sí, se calcula el número de esas variantes en

250.000. El texto de la Biblia, publicada hoy día en más de 1100 lenguas y dialectos, está irremisiblemente deformado y ya no es posible restablecerlo a su primitiva forma, ni siquiera más o menos.

 

A esto hay que añadir que, de forma oficial, se continúa modificando y falsificándolo.

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Por ejemplo, Lutero en su traducción de los prisioneros de guerra de David escribió: “Y al pueblo de dentro lo sacó fuera, y los colocó bajo sierras, ganchos y puntas aceradas y los quemó en hornos de ladrill.o” Este método del “divino David” recordaba tras la Segunda Guerra Mundial en exceso a los métodos de Hitler. Por eso la Biblia impresa en 1971 con el visto bueno del Consejo de la Iglesia Evangélica de Alemania y de la Federación de las Sociedades Evangélicas de la Biblia en Alemania de 1956 y 1964 traduce este texto, “según la traducción alemana de Martín Lutero, en: “Y al pueblo de dentro lo sacó fuera y los colocó como esclavos en las sierras, en los picos y hachas de hierro y les hizo trabajar en hornos de ladrillo.

 

Y Lutero traduce el correspondiente texto del primer libro de Crónicas 20, 3: “Y al pueblo de dentro lo sacó fuera, y los partió con sierras, ganchos y punzones de hierro”, y en la Biblia autorizada por el Consejo de la Iglesia Evangélica de Alemania, “según la traducción alemana de Martín Lutero”, se dice: “Y al pueblo de dentro lo sacó fuera e hizo que llevaran a cabo trabajos de servidumbre en sierras, hachas y picos de hierro”. Y Lutero habla de 50.000 y 70 hombres, a los que Dios mata porque han mirado al arca de la  alianza, y la Biblia del Consejo de la Iglesia Evangélica de Alemania habla de “70 hombres”

 

Una falsificación sistemática. En el texto revisado de la Biblia de Lutero en 1975 apenas si se remontan o basan directamente en Lutero dos tercios del texto. Se modifica una de cada tres palabras, a veces en pequeñas cosas, otras en cosas importantes8.

 

 

 

8 “En el decurso de los últimos cien años, la Iglesia evangélica ha propuesto nada menos que tres revisiones de la Biblia luterana. En la versión revisada de 1975 apenas dos terceras partes del texto remiten directamente a la traducción hecha por Lutero. Una de cada tres palabras ha sido cambiada; a veces, es cuestión de matiz, pero otras veces la modificación tiene su importancia: ¡de las 181.170 palabras que suma, poco más o menos, el Nuevo Testamento, la innovación se extiende a unas 63.420 palabras! (Los investigadores más críticos coinciden en afirmar que la modernización léxica necesaria para una comprensión actual del texto no exige cambiar más de 2.000 ó 3.000 palabras), Deschner, Historia criminal del cristianismo, vol.I, pág 72

 

 

 

Pero, a menudo, las contradicciones de los Evangelios son enormes

 

Contradicción sobre contradicción

 

El teólogo Friedrich Heiler

 

 

Se necesitaría un tomo especial para recoger e interpretarlas todas. A pesar de todo, debemos anotar algunas cosas.

 

Porque la mayoría de los hombres divinos antiguos procedían de un Dios o de una casa  real, cuyo origen se fundamentaba en un Dios, y porque una característica tradicional de la figura del mesías judío era que descendía de la estirpe de David, los evangelistas tardíos hacen proceder a Jesús de David, y además de dos genealogías a través de José, en contraposición a Marcos, que no conoce esto. Y no se dan cuenta que el padre de Jesús no es José sino el Espíritu Santo y, por tanto, ¡Jesús no podía estar relacionado con la casa de David! El que María sea de la casa de David y Lucas presente su árbol genealógico, tal y como la Iglesia católica sostiene, no sólo contradice al texto sino que va en contra del principio básico, que consiste en no tener en cuenta el parentesco materno, puesto que a los ojos del derecho judío en la descendencia sólo cuenta la línea paterna.

 

Ambas genealogías, que pasan claramente a través de José, rezuman contradicciones. En Mateo se dice que el padre de José es “Jacob” y en Lucas que es “Eli”, ambas genealogías a lo largo de un siglo sólo tienen dos nombres comunes; para Lucas de Abraham a Jesús hay 56 generaciones, en Mateo 42. De esto se mofa ya el emperador Juliano: “…pero ni siquiera el invento lo habéis hecho con habilidad, puesto que Mateo y Lucas se contradicen en la genealogía de Jesús.”

 

También es evidente que tanto José como María padecen mala memoria. Aun cuando los dos han sido aleccionados de la naturaleza divina del niño –mediante un ángel, los pastores informados por ángeles, los sabios de oriente- y aun cuando la María preñada loa de modo entusiástico al “Dios” y al “Salvador” de su vientre, ambos sólo lo comprenden más tarde, no tienen en cuenta todas las revelaciones divinas, ni a Simeón impulsado por el espíritu alabando al niño Jesús en el templo, ni entienden allí al joven Jesús que les dice: “¿No sabíais que debo estar en la casa de mi padre?” Al comienzo de su actividad misionera se marcha la olvidadiza María con los hermanos y hermanas de Jesús para llevarle a casa a la fuerza, pues “está fuera de sus cabales” –una palabra que los evangelistas lo pasan por alto para evitar la contradicción con sus maravillosas historias de su nacimiento, de las que el evangelista más antiguo no tiene ni idea-.

 

Y parecida falta de memoria le ocurre a Juan el Bautista. En su bautismo de Jesús se abre el cielo, baja el espíritu santo y una voz proclama a Jesús como hijo amado; pero Juan, cuando 8 capítulos más tarde está en la cárcel, ha olvidado todos estos sucesos llamativos tan completamente que manda a sus discípulos a preguntar a Jesús: “¿Eres el que va a venir o debemos esperar a otro?”

 

En ninguna parte, y no por casualidad, son las contradicciones tan abundantes y numerosas como en el mayor milagro del cristianismo, en la resurrección.

 

Comencemos con toda esa lista de incongruencias. En Marcos las piadosas mujeres compran los ungüentos para el cuerpo de Jesús el día después del sabbat, en Lucas el día antes. En Marcos van las tres mujeres al sepulcro, en Mateo sólo dos (una discrepancia, que probablemente proceda de la historia de la resurrección de Osiris, en la que según una redacción van al sepulcro tres personas, como en Marcos, pero según otra redacción sólo dos mujeres, como se dirá en Mateo; y también en la leyenda de la resurrección de Osiris traen las mujeres, como en la Biblia, bálsamo). Y posiblemente esta fluctuación de las narraciones evangélicas de la resurrección entre el tercer día y el cuarto –¡tras tres días!, se basa en que la resurrección de Osiris se dio al tercer día y la de Atis al cuarto de su muerte. Marcos habla de las mujeres y su descubrimiento de la tumba vacía: “Ellas no comentaron con nadie”. En Mateo, sin embargo, las mujeres corrieron y fueron directamente “a contar el mensaje a sus discípulos”, mensaje que en Lucas dan a conocer “a todos los demás.”

 

Un milagro es el ángel en la narración de la resurrección. En Marcos las mujeres lo encuentran en el sepulcro; en Mateo está delante de la fosa en la losa corrida. En Lucas no está ni delante del sepulcro ni en el sepulcro, pero inmediatamente llegan dos ángeles. Se colocan de pronto junto a las mujeres. También en el cuarto Evangelio hay dos ángeles, pero estos aguardan ya sentados en el sepulcro. En el Evangelio de Marcos y en el de Juan aparece el resucitado primero a María Magdalena, en el de Mateo aparece primero a las dos Marías a la vez, en Lucas se muestra primero a los dos discípulos de Emaús. El lugar de las apariciones, según Marcos y Mateo, es en Galilea, según Lucas en Jerusalén. No es, por tanto, extraño que los teólogos críticos con los “sucesos pascuales” le atribuyan un “carácter fuertemente legendario” al constatar: “contradicción tras contradicción “, o:  “entre todas las narraciones no hay dos que coincidan.” Nada extraño tampoco que Denis Diderot se sonría: “¿Eran acaso todos judíos los que estaban en Jerusalén y se convirtieron a la vista de los milagros de Jesús? En modo alguno. En lugar de creer en él lo crucificaron… Por tanto hay que hacer valer este milagro, la incredulidad de los judíos, y no el milagro de la resurrección.” De lado católico se sostiene con fuerza y desparpajo que  “los milagros de Jesús son hechos históricos, de cuyo carácter sobrenatural no cabe duda. El mayor de todos es su propia resurrección.” Y de él pende, siguiendo el credo cristiano, la resurrección de todos los hombres. (¿En dónde?). “Sobre el lugar”, tranquiliza el presidente de la Kolping, “no hace falta preocuparse. Dejemos tranquilamente en manos del Señor. Todos tendremos sitio, también usted”.

 

Son especialmente numerosas y profundas las diferencias entre el cuarto evangelista, el evangelista preferido por la Iglesia, el supuesto testigo Juan, y sus predecesores: Marcos, Mateo y Lucas, los sinópticos, denominado así (por primera vez por el teólogo de Jena J.J. Griesbach en 1774) por su concordancia en parte, por su visión conjunta, por su sinopsis.

 

En los sinópticos llama Jesús a sus primeros discípulos tras la encarcelación del Bautista, en Juan antes. En los sinópticos les llama en Galilea, en Juan en Judea. En los sinópticos los encuentra en el lago de Genesaret al pescar, en Juan como discípulos de Juan Bautista. Según Marcos Jesús aparece públicamente tras la detención de Juan Bautista por Herodes,

 

en el Evangelio de Juan Jesús actúa durante un tiempo conjuntamente con el Bautista. La limpieza del templo, que según Mateo y Lucas sucede en el segundo día de la entrada de Jesús en Jerusalén, en cualquier caso en los sinópticos hacia el final de su actividad pública, en Juan sucede al principio de la misma. En Marcos la unción de Jesús en Betania marca el final de su actuación en Jerusalén, en Juan se da antes de la entrada de Jesús en la ciudad. En Marcos Jesús oculta su dignidad mesiánica hasta sus últimos días de su vida, en Juan aparece como Mesías en el primer capítulo y exige por doquier ser reconocido como tal. Ni siquiera en la fecha de la crucifixión coincide Juan con los sinópticos.

 

Terminamos, aunque se podrían aducir muchas más contradicciones, porque creemos que las mencionadas son suficientes para mostrar la inexactitud de estos escritos, cuya inspiración divina sostiene la Iglesia (católica) con toda energía. Para ello reclama el testimonio tanto del Antiguo Testamento (Jeremías, Daniel, Habakuc entre otros) como el del Nuevo Testamento (Pedro, Pablo, Juan), y también la doctrina de los padres de la Iglesia, según la cual las Sagradas Escrituras han sido dictadas o escritas por Dios. Así, en el siglo XV el Concilio de Florencia nombra a Dios autor (auctor) de ambos Testamentos. Al mismo tiempo confiesa un siglo más tarde Trento (1545-1563) aceptar ambos Testamentos con igual aprecio, porque Dios es su autor (cum utriusque unus Deus sit auctor). Y el primer concilio Vaticano anatematiza a quienes niegan la inspiración de la Biblia. ¡Pero raya en lo sorprendente cómo un libro, que por su historia, su carácter, su origen, su transmisión y la multitud de contradicciones, es de los menos creíbles, ha provocado una fe tan grande! Resulta sorprendente, y diríamos que éste es el único milagro.

 

“La inspiración”, asegura el católico Klug, “seguirá siendo para nosotros un misterio.

 

Con toda intención se han expuesto con detalle las fuentes y la (no)credibilidad de los escritos cristianos más antiguos. Pues hay que saber con cuánta razón Lessing denomina “inciertas” las bases históricas del cristianismo, y Goethe –que culpó al “cuento de Cristo” el que “nadie entre en razón”- escriba que “toda la enseñanza de Cristo…es algo ficticio.” Hay que conocer que no sólo el papa León X (1513-1521) debió decir lo “mucho que nos ha servido el embuste de Cristo” sino que Tertuliano, el padre del cristianismo de occidente, que está mucho más próximo a los orígenes del cristianismo (150-225), el auténtico fundador del catolicismo, abiertamente y por tres veces habló del cuento-Cristo. Hay que saber lo absolutamente insegura que es la transmisión de Jesús para darse cuenta al mismo tiempo que las afirmaciones absolutamente seguras de la Iglesia, por principio, no pueden ser verdad. Esto lo dejan ya claro los escritos cristianos más antiguos, los Evangelios, los restantes libros neotestamentarios, las primeras publicaciones de los padres de la Iglesia, con las que se inicia y prosigue la formación de los dogmas y, sobre todo, el dogma de Cristo como Hijo de Dios.

 

Pero primero esclarezcamos por qué, según la fe de toda la cristiandad primitiva, no se debiera haber dado tal desarrollo ni se debiera haber llegado a una Iglesia.

 

El dogma primigeniamente cristiano del fin próximo del mundo y de cómo en su lugar vino la Iglesia

 

No se me ocurre negar que Jesús fue un hombre admirable; lo que yo sostengo es solamente que: No por lo que él era sino por lo que él no era, no por amor a la verdad, que él enseñaba, sino por una profecía que no se cumplió, que no fue verdad, se le ha convertido en punto central de una Iglesia, de un culto. Después de conocer que él no fue eso, que eso no es verdad, y que se ha hecho por amor a él, es para nosotros razón suficiente -porque queremos ser honrados- para dejar de pertenecer a esta Iglesia.

 

El teólogo David Friedrich Strauss

 

La convicción segura de Jesús de la pronta llegada del juicio y de la consumación no la discute hoy ningún investigador serio e imparcial

 

El teólogo Friedrich Heiler

 

Los primeros cristianos –es decir, los determinantes para la fe- no contaban con una Iglesia católica, surgida en el transcurso del siglo II; no esperaban obispos y papas, no esperaban en el seguimiento de Jesús más de un siglo de historia eclesiástica de guerras de religión y hogueras, de persecuciones de judíos, de paganos y herejes, de acumulación de inmensas fortunas…, ellos esperaban el inminente final del mundo en medio de una catástrofe inmensa, cercana, la intervención del Dios del cielo y una total transformación de todas las cosas en la tierra, incluyendo en ella la misma transformación del hombre.

 

Esta fe fue también la razón principal para el posterior nacimiento de los Evangelios entre el 79 y el 120, es decir dos generaciones posteriores a la supuesta muerte de Jesús. De un día para otro esperaban los cristianos primigenios la venida de su señor crucificado y el establecimiento en la tierra del reino de Dios prometido por él. “El inminente fin del mundo”, escribe Eduard von Hartmann, “fue el auténtico y único contenido del Evangelio, el único que le confería el carácter de buena nueva, era el dogma fundamental del cristianismo primigenio, era incluso (junto a la mesianidad de Jesús) el único dogma del cristianismo primitivo, y dejó de ser dogma cuando se mostró que era falso, sin que terminara por ello de seguir siendo una esperanza secreta y silenciosa…”

 

Pero esa esperanza del cristianismo primitivo del fin del mundo, y de la idea adosada a él del mesías, era tan poco novedosa como todo lo demás del cristianismo. Entre los babilonios, los egipcios, en Irán… ya se conocía la esperanza del fin o la irrupción de un nuevo periodo en el mundo, la idea de un salvador divino a punto de llegar y de un final feliz. Los egipcios, cuyas escrituras inspiradas por Dios llegan hasta los tiempos más remotos, sabían ya de un salvador cercano en el siglo III y II antes de Cristo y lo celebraban en la Biblia con giros periódicos. De modo semejante se le honró en el siglo VII antes de Cristo al rey asirio Asurbanipal como salvador e hijo de Dios, que inauguraba una nueva época. “Los niños cantan, las mujeres paren sin dolor, los enfermos se curan, los viejos saltan, los hambrientos son saciados y los harapientos obtienen ropas.” Y los sacerdotes  dan gritos de júbilo, algo que Marcos lo repite literalmente: “Ha llegado la hora.” Algo que simultáneamente aparece en el anuncio de Zaratustra: la cercanía del reino de Dios. El salvador iraní y redentor del mundo (Saoschjant), de cuya venida al mundo se hablaba, aparece como el “enviado por excelencia”.

 

Parecidas percepciones, como la idea del mesías, cuyo origen no israelítico hace tiempo que estaba demostrado, aparecen en el Antiguo Testamento, en donde al salvador se le esperaba de la descendencia de David. En el judaísmo tardío aparece, cada vez con más nitidez, la fe en el fin cercano, la escatología, la enseñanza de las “ultimas cosas” (eschata), del fin del mundo y de su renovación. Se esperaba la eliminación repentina de todas las miserias mediante una catástrofe cósmica y el comienzo realmente tangible del reino de Dios, el basileia theou, el malkut Jahwe sobre la tierra.

 

Los profetas lo anunciaban siempre como algo que iba a suceder en su generación o en un futuro muy cercano, aduciendo una mezcla de motivos muy diversos: de ideología real del antiguo oriente, de un salvador, aduciendo ideas paradisíacas de paz entre animales, de reminiscencias de exilio etc. “Así dice Jahwé, que en tiempos abrió camino en el mar y una senda en medios de las masas de agua, que dejó marchar a caballos y carretas, a ejército y a poderosos -allí yacen ellos, tumbados, extinguidos, cual mecha consumida-. No penséis ya más en las cosas de antes, no tengáis en cuenta el pasado. Mirad, ahora creo todo nuevo.

¡Ya brotó!, ¿no habéis percibido? Sí, trazo un camino por el desierto y ríos por el páramo. Me honrarán los animales del campo, los chacales y los avestruces, voy a hacer que haya agua en el desierto y ríos en el páramo para dar de beber a mi pueblo elegido, al pueblo que me he formado.” También los Apocalipsis judíos tardíos, los libros de Daniel, el libro de Henoc, saturado de mitos griegos y persas antiguos, hasta en la Biblia abisinia y en muchos lugares se anuncia, desde el siglo segundo antes de Cristo, la esperanza cercana del fin, sus cosas horribles y las promesas.

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De igual manera profetizaron los esenios –que poseían ya un cristianismo antes de Cristo: un bautismo sacramental, una comida sacramental, una doctrina sobre la predestinación, un “maestro de la justicia” que predicaba penitencia, pobreza, humildad, castidad, amor al prójimo, que fue llevado a juicio por los sacerdotes de Jerusalén, declarado inocente y, quizá, hay argumentos a favor de que fue crucificado- la catástrofe del mundo en esta generación, igual que los Evangelios. Ya los esenios se presentaban como la “última generación” y se sabían “al final de los días.” También ellos fundamentaron, como los cristianos, la demora del final del mundo en que “los misterios de Dios son insondables”, en “que el último final se prolonga y que resta un tiempo para el cumplimiento de todo lo que los profetas anunciaron… Sí, se retarda pero esperad, que viene y llegará.”

 

De igual manera se sentía el Jesús de los sinópticos, como un profeta de los últimos tiempos. También él (influido tanto respecto al contenido como a la forma por Daniel y, sobre todo, por el libro de Henoc, dependiente a veces hasta literalmente) contaba con la pronta realización terrenal del reino de Dios –su idea favorita, que en Marcos aparece catorce veces, en Lucas treinta y en Mateo todavía más (describe Mateo, es el único autor neotestamentario, el concepto de “reino de Dios” con la expresión no utilizada por Jesús de “reino de los cielos”, una transcripción rabínica protocolaria por aversión  del tardojudaísmo a pronunciar el nombre de Dios)-. Y la Iglesia explicó como idéntico este “reino de Dios” con la Iglesia y se declaró como pedagoga para el “reino de los cielos”, con lo que invierte el contenido, es decir, deja para el más allá lo que los primeros cristianos esperaban para este mundo y, naturalmente, todo ello apoyándose en Jesús.

 

Y es que también Jesús, como los profetas, los Apocalipsis judíos, los esenios, Juan el Bautista… contemplaba su generación como la última, había sonado ya la vieja alarma apocalíptica. Estaba totalmente convencido de que el tiempo había expirado y que algunos de sus discípulos “no iban a morir, iban a ver llegar el reino de Dios con poder.” Que no iban a acabar con la misión en Israel “antes de que viniera el hijo del hombre.” Que el juicio de Dios se “iba a consumar en esta generación.” “En verdad os digo”, profetiza, “no pasará esta generación sin que todo haya sucedido.”

 

Queda pues claro no sólo cómo Jesús, colocando en el centro de su predicación el anuncio del cercano reinado de Dios, empalmaba con todas las percepciones de su tiempo, con la escatología tardojudía (aun cuando esta fe con la eliminación del elemento nacionalista en Jesús experimentó una cierta limpieza, lo que ya estaba dispuesto en el judaísmo), sino también lo gravemente que él se engañó. Esto lo escribió por primera vez en el siglo XVIII el orientalista hamburgués Hermann Samuel Reimarus en su trabajo de 1400 páginas, nunca publicado en vida por prudencia, Del fin de Jesús y de sus discípulos. Bastante más tarde se ampliaron estos conocimientos y fueron mostrados por los teólogos Johannes Weiss y Albert Schweitzer. Hoy día esta teoría la defienden como un hecho copernicano en este campo casi todos los teólogos no atados y obligados por el dogma, el juramento y el imprimátur. “La total convicción de Jesús de la pronta llegada del juicio y de la consumación”, escribe el teólogo Heiler, “hoy no lo discute ningún teólogo serio y leal.” Y el teólogo Bultmann remarca: “Es claro que Jesús se equivocó en la esperanza del cercano fin del mundo.”

 

Pero no sólo se equivocó –en lo esencial de su mensaje- el Jesús de los sinópticos sino también toda la cristiandad primigenia, ya que vivió los días y años tras la muerte de Jesús en una tensión expectante, convencida de su pronto regreso y contando con el inminente reinado de Dios. En toda la literatura cristiana de los primeros tiempos, tanto fuera como dentro del Nuevo Testamento, se sigue afirmando esta idea hasta muy entrado el siglo II. Incansable y absolutamente seguros profetizan obispos, santos y cartas apostólicas (falsificadas, pero que están en el Nuevo Testamento) la llegada del último tiempo, de los últimos días y horas, prometen la pronta recompensa para los buenos y el castigo para los paganos, anuncian el regreso inminente del Señor. Incluso alrededor del 200 hay un importante documento de la comunidad de cristianos de Roma en donde el padre de la Iglesia, Tertuliano, asegura que “estamos ya al final de los tiempos”: Estamos determinados por Dios desde antes de la creación del mundo para el final de los tiempos. Él no sólo escribe: “el espectáculo que va a resultar en breve para nosotros el regreso del Señor”, sino también que “en Judea” “en los amaneceres, durante quince días, pendía una ciudad del cielo…”

 

Pero el final no llegó. Al contrario. A medida que pasaba iban creciendo las dudas entre los cristianos engañados, se cansaron de las promesas de la Iglesia y empezaron a murmurar: “Esto lo hemos oído ya en los días de nuestros padres y mirad, ellos se han hecho viejos y no ha ocurrido nada de lo anunciado”, o: “¿Dónde está su prometido regreso? Desde que los padres han muerto todo sigue como al inicio de la creación”, a lo que la Iglesia católica naciente respondía, ante la tardanza del Señor, con el salmista de que: para él mil años son como un día. Y en el siglo IV vocean los “padres”, tras esperar generación tras generación

 

el regreso prometido de Cristo y ansiado hasta la extenuación: “¡Ojalá que no se cumpla en nuestros días, porque la llegada del Señor es espantosa!”

 

Uno no se puede hacer idea del todo de lo que aquí ocurre. En el cristianismo se ha dado una inversión semejante de lo primigenio en dos ocasiones más: en el siglo IV con la envoltura de su pacifismo ante el horrible griterío de guerra, que resuena en la historia de la religión, y con la envoltura de su comunismo religioso ante el refinado capitalismo de la Iglesia cristiana con todo tipo de matices.

 

Unido a la fe en el Señor, que en breve iba a venir, hubo en el milenarismo un motivo comunista. Se entendía como tal el reino milenario de dicha terrenal, profetizado en el capítulo veinte del Apocalipsis neotestamentario, regido por el regreso del Señor. Precisamente la esperanza de este maravilloso reino comunista en la tierra era algo muy extendido en el primitivo cristianismo, y vigente a lo largo de generaciones en las comunidades compuestas en gran medida por pobres. Ésta fue una de las causas principales

–sin supravalorar en exceso- del éxito misionero. Pero no sólo participaba de esta creencia el pueblo sencillo, la defendió también el obispo Papías, uno de los llamados padres apostólicos, y, como él dice, hasta el mismo Jesús. El santo Justino sufrió martirio por esto. San Ireneo, el católico más importante del siglo II, tenía el milenarismo por una profesión de fe cristiana y a los no milenaristas por herejes. Padres de la Iglesia como Tertuliano o Cipriano predicaron el milenarismo.

 

Desde mitades del siglo III hay voces católicas que lo combaten. Y tras el reconocimiento del cristianismo por el estado, la Iglesia lo rechaza como judaico, como pensamiento carnal, como “opinión privada” y “mal entendido” o, como en el Concilio de Éfeso del 431, “descarrilamiento y patraña.” El reino milenarista, la fe en un paraíso comunista, que en tiempos enardecía a las masas cristianas necesitadas y que todavía en el siglo III se tenía como doctrina ortodoxa, resultaba incómoda para una Iglesia que tenía poder. La esperanza de un reino divino terrenal resultaba ahora fuera de lugar, a los obispos católicos les resultaba magnífico no hablar del ocaso del mundo. Al contrario. Ahora se remarca con especial empeño la “duración infinita” del reino de Cristo, y se declara oficialmente como herejía lo contrario, también la visión representada por Pablo de un reino mesiánico temporal, un reino provisional. Un obispo prominente, que goza en la cristiandad primigenia de gran predicamento como es Eusebio de Cesarea, el padre de la historia de la Iglesia, para quien el reino de Dios había comenzado ya realmente sobre la tierra, desacredita ahora al obispo Papías, mártir frigio, por su exagerada fe escatológica, tachándole de imbécil, y confiesa también que Papías “motivó a muchos posteriores escritores de la Iglesia -cita expresamente a Ireneo, quien según Altaner es “el padre de la dogmática católica”- a profesar parecida doctrina.”

 

La Iglesia trata de que desaparezcan casi todos los escritos milenaristas, aun cuando parte de ellos todavía existen avanzada la Edad Media. Por lo que parece, de las obras de Hipólito y de Ireneo se expurgaron las partes milenaristas. Ireneo comulgaba totalmente con las convicciones sociales y las esperanzas comunistas del obispo frigio Papías. Pero los padres de la Iglesia hicieron todo lo posible en los siglos III y IV por negar la esperanza escatológica de Jesús suprimiendo o adulterando, de modo sistemático, palabras claras de la Biblia. Tampoco dudaron en meter mano a los textos neotestamentarios y, en momentos,

 

hasta fue falseado el padrenuestro, la petición de la llegada del reino –“que venga tu reino” sustituido por: que venga tu espíritu-. Agustín, cuyo consejo fundamental a los pobres era que siguieran siendo pobres y que trabajaran mucho, Agustín, prototipo del perseguidor de herejes de la Edad Media, que propagó también la conversión de los donatistas9 por la fuerza, partidario y propulsor de que se les castigara, confiscara sus iglesias y se les expulsara, fue el primero en identificar -en radical inversión de la fe primigenia- la Iglesia con el reino de Dios de Jesús. “Ahora ya”, escribe el doctor de la Iglesia, “es la Iglesia el reino de Cristo y el reino de los cielos.”

 

La historia había mostrado que la fe de los primeros cristianos, la esperanza en la pronta venida de Jesús y el establecimiento de un reino de Dios terrenal era una falsedad y un engaño, por lo que los servidores de la Iglesia y jefes alegorizaron, espiritualizaron y cambiaron esta fe, la volvieron en lo contrario.

 

Erich Fromm escribe a este respecto:

 

Ambas concepciones, la escatológica y la espiritual, estaban unidas entre sí al inicio del cristianismo, poniendo el acento principal en lo escatológico, pero poco a poco fueron disociándose. La esperanza escatológica fue paso a paso perdiendo espacio, ya la fe cristiana no remarca tanto la espera en la futura venida de Cristo y tiene que acentuar “necesariamente la primera llegada, en virtud de la cual la salvación está dispuesta para el hombre y el hombre para la salvación.” El proceso del desbordamiento y derrame del entusiasmo del cristianismo primigenio y de su represión, por los que se caracteriza el siglo II del cristianismo, halla en este siglo su culminación. Sin duda que entonces, como a lo largo de la posterior historia del cristianismo (desde los montanistas hasta los rebautizados), siempre hubo intentos de renovación del antiguo entusiasmo cristiano, de la esperanza escatológica, intentos que partieron de aquellas capas que, en su situación económica, social y psíquica de oprimidos y deseosos de libertad se equiparaban a los primeros cristianos. Pero la Iglesia acabó con estos intentos revolucionarios desde que ella, a lo largo del siglo II, consiguió la victoria decisiva. A partir de entonces el punto central no está ya en la exclamación “el reino está cerca”, en la esperanza, en dentro de poco va a ocurrir la irrupción del juicio y se va a dar el regreso de Jesús; la mirada de los cristianos ya no estaba en el futuro, no estaba en la historia, en el tiempo, sino que se había vuelto hacia atrás. Lo decisivo había ocurrido ya. El milagro era la aparición de Jesús. El mundo histórico real no necesitaba cambiar, exteriormente podía todo seguir siendo igual como era: estado, sociedad, derecho, economía; la salvación era algo interno, espiritual, ahistórico, individual, garantizado por la fe en Jesús. La esperanza en la salvación real e histórica es sustituida por la fe en la salvación ya realizada de modo espiritual e individual. En el puesto del interés histórico aparece el interés cosmológico. De acuerdo con esto se van desvaneciendo los desafíos éticos. El primer siglo del cristianismo se caracterizó por los rigurosos postulados éticos, por la creencia de que la comunidad cristiana es, sobre todo, una alianza para una vida santa. En el lugar de este rigorismo ético práctico aparece el medio de la gracia ofrecido por la Iglesia. En estrecha relación con la renuncia a la rigurosa práctica ética primigenia está el creciente acercamiento de los cristianos al estado. “El siglo II muestra ya, en todas las líneas, un desarrollo de las comunidades cristianas, que camina al encuentro del estado y la sociedad”. E incluso las persecuciones ocasionales de los cristianos por el estado no modifica lo más mínimo su trayectoria de acercamiento. Es cierto que siguió habiendo  aquí y allá intentos por establecer e implantar en el estado y en la vida burguesa la vieja ética rigorista antagónica. Pero la mayoría de los cristianos y, sobre todo, los obispos dirigentes se decidieron por otra línea. Basta con llevar a Dios en el corazón y reconocerle ante la autoridad, si se hace inevitable una confesión pública. Basta con evitar el servicio real a los ídolos, el cristiano puede conservar honradamente su puesto de trabajo, incluso hasta puede rozar en su trabajo con el servicio a los ídolos, eso sí, debe actuar con inteligencia y habilidad, de modo que no se manche él mismo ni provoque escándalo en los demás. Ésta fue la postura de la Iglesia por doquier a partir del siglo III. El estado ganó para sí a numerosos ciudadanos conscientes, fieles y silenciosos que, lejos de ocasionarle problemas, afianzaban el orden y la paz en la sociedad…. Con esto la Iglesia caminaba, renunciando a su postura de rechazo frente al “mundo”, hacia un poder que coadyuvaba y fortalecía al estado. Y esto provoca una aparición moderna: “el que los fanáticos que huían del mundo, que esperaban el estado celestial futuro, se volvieran revisionistas del orden existente.”

 

Toda esta transformación profunda del cristianismo, de ser la religión de los oprimidos a convertirse en la religión de los gobernantes y de las masas dirigidas y manipuladas por ellos, de pasar de la esperanza en la irrupción del juicio y de los nuevos tiempos a la fe en la salvación ya realizada, del postulado de una vida moral límpida a la satisfacción de la conciencia a través de la gracia eclesial, de la animosidad contra el odiado estado al pacto íntimo con él, todo esto está en relación estrecha con el último gran cambio: El cristianismo, que fue la religión de una comunidad de hermanos iguales, sin jerarquía y burocracia, se convierte en Iglesia, en reflejo de la monarquía absolutista del imperio romano.

 

9 doctrina cismática de Donato (obispo de Cartago en el siglo IV), extendida por los medios rurales del norte de África, que sostenía la invalidez de los sacramentos administrados por ministros indignos, sospechosos de traición a la fe durante la persecución de Diocleciano.

 

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