Introducción al caos / Gocho Versolari

Texto anterior de referencia:

Introducción al Ku – Gocho Versolari

 

1) El caos y el vacío.

 

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El caos, el vacío, la nada es la base, el origen, el inicio de la vida, del mundo como se presenta.

No se sabe en qué momento el cosmos se despliega a partir de este vacío: por eso muchas traducciones del término Ku [1]según los idiomas orientales, hacen referencia a la “latencia”, es decir un ámbito que contiene en forma similar a las semillas, la totalidad de los seres.

Hay una interacción instantánea, constante, un péndulo incesante entre el vacío y el no vacío y de allí surgen todas las cosas. Dioses, hombres, materia, objetos, mundo animado e inanimado. Todo arranca del vacío y se precipita al vacío, no como aniquilación, sino como repliegue:  la condición para un constante nacimiento; un constante regreso. La muerte de los seres, su desagregación es otro momento de precipitación en ese vacío; caer en la latencia para volver a surgir.

Esto y no un deus ex machina es lo que anima el universo, lo que permite su incesante movimiento. Desde la dinámica de los agujeros negros hasta la serenidad de esta tarde de mayo bajo los soleados árboles del parque.

Aprovecharíamos las ventajas de este vacío si lo dejáramos formar parte de nuestras vidas. Desde la sensación de hambre hasta la sobriedad en la decoración de una pared. Sin embargo, en nuestra condición de occidentales hijos del barroco, practicamos un constante horror vacui es decir una aversión instintiva por el vacío.

Hace años, cuando vivía en Venezuela, a fin de realizar una cierta actividad busqué pequeños muñecos en un comercio. La condición requerida era que dichos juguetes en tanto representaciones humanas no hicieran  nada, es decir que simularan figuras   sentadas o de pie, vestidas o no, pero que no realizaran ninguna actividad. Fue imposible encontrarlos. Soldados, costureras, albañiles, todos los muñecos estaban envueltos en una actividad febril. La ociosidad, con su carga de salud profunda y de creatividad, estaba ausente en los juegos de los niños.

Esto señala la paradoja de occidente (y de todas las culturas occidentalizadas, aunque estén insertas en tradiciones milenarias ) Somos una especie de sueño de ese vacío o latencia al que no podemos concebir con nuestros parámetros de pensamiento, pero el mismo nos despierta terror y rechazo. Diría que gran cantidad de los habitantes del planeta procuran arreglar sus vidas para escapar al vacío. Incluso la muerte física, que sería una colosal visita a esa enorme oquedad, se inscribe en una suerte de pasaporte ultraterreno que establecen las religiones enajenadas. Dicho documento, luego de una vida de sacrificio y buena conducta, nos permitiría ganar el paraíso y evitar el infierno, ambos eternos por supuestos. Una de las representaciones del averno sería un   una constante carencia

Las civilizaciones occidentales suelen establecer para sus miembros una férrea sucesión de etapas, desde su nacimiento hasta su muerte. Estas vidas firmemente pautadas no son otra cosa que el inútil intento de escapar al vacío, al ku, a esta nada que sostiene el mundo y que nos constituye.

Una figura como la de Arthur Rimbaud (y de todo poeta auténticamente «maldito»), una etapa de la vida como la adolescencia, nos ponen en contacto con alguna de la formas de este vacío, al menos con ciertas tendencias del mismo cercanas a su centro, el cual es por su naturaleza totalmente incognoscible e inaprensible.

Armamos cuidadosos y sólidos ideales reguladores [2] para encerrar la realidad  . Consideremos que todo elemento que aparece en el mundo fenoménico, tiene como característica una faz luminosa y otra tenebrosa. La alternancia entre una y otra es lo que define la dinámica de lo que llamamos realidad. En la visión de Rimbaud, así como de los poetas malditos, ambos aspectos de lo real, el luminoso y el tenebroso se dan simultáneamente. De allí la fuerza a la vez divina y demoníaca que trasunta el arte que producen.

Este magma donde se manifiestan en forma simultánea la oscuridad y la luz, la muerte y la vida; donde los dioses se transforman en amenazantes demonios sin dejar de ser dioses, es una de las principales manifestaciones del caos.  Es lo que acontece cuando el vacío y el no vacío se mezclan; cuando los cimientos del mundo sólido y seguro se sacuden en forma constante. Por nuestra obsesión de mantener intacto y firme el suelo bajo nuestros pies, lo convertimos en el objeto fóbico de nuestra cultura y rechazamos sistemáticamente la situación originaria de nuestras vidas.  A fin de conjurar el vértigo y la angustia,  funcionan una serie de mecanismos dirigidos a ralentizar el vacío (Algunos surgen del instinto mientras que otros de una actitud deliberada; de un emergente cultural). El primero de los condicionamientos es la adjudicación del tiempo y del espacio a la realidad. La duración y la extensión son las primeras formas de conjurar el caos. La realidad para expresarse, debe utilizarlos como si se tratara de un lenguaje, de un elemento de traducción, de un velo que no lo hace tan terrible.

Además del tiempo y  el espacio, el nombrar a las personas y   los objetos, opone a este vacío primordial, a este caos, un elemento que nos brinda certeza, que de algún modo nos permite significar el mundo, brindar a la materia y a los acontecimientos tal como se nos presentan,  un término que los adapte a nuestro entendimiento.

 

El tercer elemento es el hábitat. Hace algunos años, una corriente de pensamiento oponía la hoguera a la caverna, es decir los hombres una vez descubierto el fuego, podían vivir al aire libre, en contacto con el caos representado por la naturaleza prístina. A medida que el miedo  fue creciendo, se hizo necesario   rodearse de paredes: primero oquedades naturales y luego viviendas.

 

 

2) La intimidad de las piedras

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Como ley acerca del comportamiento caótico, es de establecer que cuanto más numerosos y firmes sean los condicionamientos que apliquemos a nuestro entorno, más disminuye la potencia creativa del vacío. De esta ley empírica surgen  las diferentes posturas en relación con la realidad.

El artista auténtico es un buceador del caos. El único capaz de abordar los objetos, los seres, los acontecimientos sin ningún condicionamiento. El arte será más auténtico cuando quien lo practique pueda llegar a la manifestación primera de las cosas. En otras palabras, el arte será real y profundo si logra llegar al meollo del caos y reproducirlo en su expresión.

Caminamos por el desierto y nos encontramos con una roca que llama nuestra atención.   Aunque no seamos geólogos, siempre podremos decir algo acerca de esa piedra, de su textura, de su presencia en el lugar; si es negra contendrá basalto y sus características cambiarán si es de origen volcánico, si contiene granito, etc.

Estos  conceptos que parecen surgir en forma simultánea con la piedra, no son más que construcciones a las que acudimos con una urgencia inconsciente. Se trata de conjurar el vacío, el caos escondido en la misma.  Antes que nada el nombre y el concepto roca, que acompaña a nuestra percepción la ubica en una categoría de elementos que son de algún modo inofensivos. Luego llegan las especulaciones geológicas y finalmente, podremos admirar con una leve y sentimental satisfacción la textura, la forma, el color. Decimos entonces que “apreciamos la belleza” de ese elemento previamente domesticado a fuerza de conceptos.

Al abordar el libro de Aukanaw, “La ciencia secreta de los mapuche”, esa certidumbre con respecto a las piedras puede empezar a tambalear. En efecto; en uno de los primeros capítulos el autor critica en René Guénon su planteo totalmente teórico en relación con el chamanismo y hace referencia al artículo del autor francés “Las piedras del rayo”. En un principio, el texto del maestro mapuche responde a un esquema occidental, de deliberación y confrontación de ideas. Sin embargo, en cierto punto,   empieza a describir las piedras como seres con los que uno podría comunicarse, incluso a establecer   cierta tipología corporal en relación con las mismas.  Aukanaw cambia de registro. De una reflexión racional propia del plano académico occidental, pasa a un plano mítico en el cual las piedras – que tienen una especial importancia en la cultura mapuche – toman una dimensión antropomórfica y son capaces de adquirir vida. Algo que está más allá de nuestra capacidad perceptiva y que a muchos les hará cerrar el libro con una mezcla de desconcierto y frustración.

 

El adjudicar un comportamiento humano a las piedras, es una señal de que estamos en una sociedad que se maneja con otros significantes culturales. Una sociedad más cercana al vacío, al caos primordial. En otras palabras, nuestro encuentro con la citada piedra, sería  diferente si pudiéramos renunciar a todos nuestros prejuicios en cuanto a la misma. Antes que nada que dejemos de llamarla «roca» o «piedra» . Si pudiéramos dejar caer nuestros conceptos como hojas otoñales,   percibiríamos el vacío particular  y el costado caótico que contiene el objeto; podríamos   captar su presencia viva en un contexto animista. . Cada elemento natural, contiene en sí mismo información de todo el cosmos, por lo que una humilde roca no sólo nos revelaría secretos cósmicos, sino que quizá pueda avenirse a tener una conversación con nosotros.

De este modo veríamos el sentido humano que encierra la piedra, así como el sentido divino y cuando digo sentido divino no me refiero a que sea un ser creado por un deus ex machina, sino que su propia inmanencia es capaz de convertirse en trascendencia….

La lista de beneficios que contiene la intimidad con la roca podría continuar. Lo importante es que para renunciar a los condicionamientos que colocamos sobre el elemento al encontrarlo, se impone antes que nada vincularnos a nuestro propio vacío; que podamos convivir con él sin sentir angustia o vértigo.

 

 

 

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APÉNDICE:

 

Apunte sobre los ideales reguladores

 

 “Ideal regulador” es una expresión utilizada por Michel Foucault . El autor francés la refería a la sexualidad.   en forma de mandatos. Dicho ideal es la célula básica del «micropoder». 

En este caso, el alcance de los ideales reguladores es más amplio. No se limitan a las relaciones humanas, sino que  toda la realidad,  el mundo, la percepción y nuestras relaciones con las cosas y los seres, están reguladas a través del conocimiento y de las pautas de conducta. Para la cultura occidental, el soporte irreductible a la razón que se encuentra en la naturaleza y en la vida es el objeto fóbico. El tiempo y el espacio, los nombres y las diferentes categorías con que encerramos la realidad son formas de evitar un posible daño  del caos que hierve inevitablemente por debajo de los mecanismos de conjura.  

 

En el siglo XVIII las discusiones filosóficas sobre el conocimiento que derivaron en realismo e idealismo o empirismo y racionalismo, no tenían como motivación un conocimiento desinteresado de la realidad, sino un sentimiento de terror frente al contenido caótico de la misma. Dicha emoción debía ser controlado a través de la aprehensión racional. La culminación parece lograrla Hegel con el universalismo de lo racional. Para el filósofo alemán, el estado ideal estaría representado en la figura de  Federico Guillermo III, rey de Prusia quien habría logrado conjurar el trasfondo caótico de la Revolución Francesa.

 

La filosofía de los ideales reguladores se basa en una profunda aversión al caos. Como ya señalamos más arriba, dicha aversión coincide con el horror vacui que diera origen al barroco. Este movimiento – secularizado de sus raíces religiosas y artísticas – es el que genera la civilización contemporánea. Los estadounidenses  viven en una sociedad a la que imaginan ascéptica. Tienen la idea de que están encerrados en una burbuja a la que no alcanzan virus, parásitos, y sus clases conservadoras que disponen de un enorme poder, tratan de tildar de abyecto todo aquello que pueda oler a caos. El muro que postulara el presidente Trump como parte de su campaña que lo llevó al poder en 2016 tiene ese sentido. La muralla es un elemento mítico de suma importancia, y como ocurre con todo mito que se mezcla a las ansias de poder, genera un universo falso. El muro en cuestión, en este caso y en el de toda cultura que procure  ocultarse a su sombra, protegería una civilización supuestamente impoluta; poseedora y guardiana de una presunta pureza basada en las costumbres, el color de piel, la religión u otras variantes. El abyecto es todo aquel que con su presencia amenace ensuciar dicha pureza, y por lo tanto, como surge de la etimología de la palabra, debe ser arrojado al otro lado de la muralla. Debe regresar al caos, a la incertidumbre, a esa dimensión carente de ideales reguladores, donde impera la oscuridad y en la que la vida apenas puede mantenerse.  

 

De este lado del muro, se levanta un mundo en el que siempre es mediodía, y el sol implacable no tolera la mínima porción de sombra. Esto es una ilusión, ya que toda cultura necesita contar con el caos  para seguir adelante. Ignoran que toda armonía no es más que un instante fugaz: el resultado de gran cantidad de oscuridad que se ha acumulado para llegar a ese momento de luz.  

Cuando dicho proceso se basa en la busca de un poder de individuos o sectores, se genera  una cosmovisión profundamente errada que procura la anulación completa del caos. Entonces el mismo   adquiere las formas cruentas que conocemos en nuestra sociedad. Guerra,  sacrificios humanos ,  bolsones de miseria, o el surgimiento de plagas planetarias súbitas y letales.

 

 

 

[1] Si bien he colocado la referencia a mi trabajo anterior, “Introducción al Ku”, transcribiré dos párrafos del mismo para aclarar el concepto:

 

Shuniata en sánscrito y Ku en japonés, son términos que se atribuyen al Budismo y que se traducen como vacuidad o latencia. Sin embargo, la noción de Ku excede el marco budista; Por un lado su aplicación se remonta al hinduismo, y por el otro al Taoísmo, Sintoísmo y todas las cosmovisiones de Oriente.


Siempre que se trata de aludir en términos positivos al “Ku“, de una forma insensible se lo encierra en categorías  de tiempo y de espacio. La forma adecuada de acotarlo es por vía negativa, señalando que no se trata “ de esto ni de esto”; enumerando un listado de cosas que el Ku no es.

 

[2] Ver el apéndice de este artículo: “Apunte  sobre los ideales regulatorios”.

 

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GOCHO VERSOLARI

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