Somero Análisis de la Fe Cristiana

Las conquistas.


Desde el siglo XV . portugueses, españoles, holandeses e ingleses, se apoderan de extensas poblaciones en América y África  que hasta el momento llevaban una vida tradicional. El objetivo es obtener  esclavos para que trabajen el continente recién descubierto. Los habitantes de las diezmadas naciones, se ven obligados a abandonar sus cultos milenarios  y adoptar  la  religión  del conquistador: casi siempre la católica o la protestante, como en el caso de la colonización de Brasil en los siglos siguientes. 


Frente a lo incontrolable del avance de la conquista, los rituales de protección fracasaban y los antiguos dioses no respondían. Es en parte con estos sucesos, cuando algunas ramas del psicoanálisis como la Etnopsiquiatría de Devereux y Laplantine, los estudios de Levy Strauss o Margaret Mead elaboran el concepto de choque transculturativo, o aculturación, que va acompañando ciertos  trastornos en aquellos que se ven sometidos a un súbito cataclismo en el que se derrumba el antiguo mundo y no pueden someterse al nuevo. 


El hombre siempre busca la integración, la totalidad. Necesita que tanto su intelecto como sus emociones encuentren un correlato en el universo.   Esta necesidad  forma parte de lo  antrópico, y un concepto de salud debiera incluirla. Si falta este sentido de la existencia, el individuo  naufraga, tanto en su salud física como mental. 


El hecho apuntado de que muchas de las víctimas de  estas brutales invasiones, de estos cataclismos culturales, adoptaran el credo de su opresor. Se explicaba  por la necesidad de supervivencia, ya que la conversión era el requisito para que las vidas fueran respetadas. Otra de las razones, quizá la más importante, era que necesitaban  llenar ese abismo que se abría luego que la base de su mundo fuera destruida  


Hicimos referencia a la conquista de América: es algo que tenemos a nuestro alcance, y muchos estamos familiarizados con esa  realidad mítica de «la cruz y la espada», pero  este proceso de aculturación se inicia con los orígenes del cristianismo tal como lo conocemos hoy en día: organizado en iglesias y en dogmas, planteando una exclusión basada en una amenaza precisa acerca del destino de ultratumba de individuos y comunidades.

Los orígenes de todo

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Este proceso de conquista y aniquilación  de culturas tradicionales, se inicia del siglo II a III, cuando la nueva religión a través de los cristianos de Roma, que detentaban un poder político y económico muy superior a los de  otros pueblos, se va afianzando. Con la aprobación de Constantino, obtendrán el dominio total  sobre personas y bienes. El vital y creativo coro de voces que constituía hasta el momento el legado jesuánico, va siendo aniquilado,  matando a quienes se consideraba adversarios y quemando  a discreción los escritos, tanto de los opositores como de los propios  aliados que no coincidieran plenamente  con la férrea posición del dogma (1) . Se había vuelto a escribir la historia, por lo que h oy conocemos tan solo algunas de las refutaciones de las posturas primarias de aquello que se dio en llamar «Cristianismo» y por alguna razón providencial, han llegado en el siglo XX a hacerse públicas las bibliotecas de Qumran y de Hag Hammadi.  


En pocos años se aniquila todo rastro de  lo que fue la vida y el mensaje de Jesús y se lo reemplaza con una estructura de conocimiento y devoción totalmente funcional al creciente poder del nuevo Imperio Romano. 


Los pueblos bárbaros, que primero fueran conquistados por la propia Roma y que luego contribuirían a su decadencia y caída, se enfrentaron en los siglos posteriores al Concilio de Nicea,  con figuras como la de Carlomagno quepropiciaba los bautismos masivos y pasaba a cuchillo a aquellos que no se arrodillaban ante la nueva religión. 


Desde entonces, la llamada fe cristiana, surge de un sentimiento de catástrofe  propiciado por la misma iglesia. Se necesita que la persona sienta miedo, padezca a ngustia a fin de encontrar consuelo en la creencia que se le impone. Es la posición de quien se está ahogando y para salvarse sólo puede sostenerse de un hierro candente.  Desde la formación cristiana de un niño en el seno de una familia devota, hasta la evangelización de un nuevo continente: se procura la efusión del miedo para luego rescatarlo a través de ese m ecanismo que surge en el ser humano y que lo lleva a aceptar lo que se le brinda, a creer en algo porque de otro modo la vida sería insoportable. 


Para reforzar el proceso, el sentimiento  de culpa   es insuflado sutilmente con el bautismo a los recién nacidos y alentado a través del sentido de pecado y de la confesión. Más tarde contaminará al resto de la sociedad a través del proceso de secularización.   Lo que se busca es un quiebre de la personalidad, del instinto que conduce a la libre búsqueda espiritual, (2) 

El Deletéreo proceso de la Secularización


La religión que se dio en llamar cristiana, desde los comienzos del abandono del mensaje original y de su institucionalización, pretendió no sólo el poder político que hasta entonces se manifestaba como la «Pax Romana», es decir permitir que cada pueblo ejerciera sus tradiciones y creencias, con la única condición de rendir tributo al emperador. La nueva religión imperial aspiraba a  la sujeción completa del ser humano . Todo aquello que no podían aniquilar de las antiguas costumbres, lo «bautizaban»; es decir, despojaban los Artefactos Mítico Rituales de sus contenidos básicos que eran reemplazados por los de la nueva religión. Por un lado las hambrunas y la distribución de comida por parte de la iglesia y por el otro la prohibición absoluta del sexo, eran las herramientas claves para dominar sin límites las conciencias. 


la separación entre un mundo trascendente y otro  inmanente; entre un dominio celeste y otro infernal. La lucha entre Dios y el demonio, que se libraría en el alma humana, hace que esta se encuentre escindidida, dividida, tironeada. La pulsión sexual es incontenible y forma parte del pecado, de lo oscuro. Ceder a él genera culpas y no hacerlo, obsesión.


La fe surge entonces como la única alternativa cuando se ha planteado un panorama en blanco y negro, donde los términos de la encrucijada son la luz total y trascendente y la oscuridad más aterradora del infierno. No se contempla la posibilidad de que el hombre explore con libertad los torrentes que lo rodean. El peligro es enorme y sus fuerzas son reducidas «ante los planes de Satanás». La única salida es  aceptar el dogma de la Santa Iglesia. El único consuelo posible. 


El Reino de los Cielos, la Iluminación, el Satori,   o las formas en las que se pueda nombrar esa unidad entre hombre y cosmos, esa deificación humana y esa humanización de los dioses, no es algo que se logra con ascesis; es una realidad que se expresa de modo natural en todos los seres.  La búsqueda es más un despojarse que un llenarse de contenidos; un dejar de actuar para que surja el dios contenido en nosotros. Para obtenerlo el hombre debe ser dueño de su vida, artífice de su libertad, lo que implica de modo fundamental y entre otras cosas, un dominio sin reparos de su alimentación y de su sexualidad. 


La fe cristiana, con la aceptación del dogma y del código moral eclesiástico, es todo lo contrario . Genera un ilusorio sentimiento de unidad; un éxtasis  al que se intenta regresar a toda costa. Para esto el individuo hipoteca su vida,  cultiva la  culpa, y encierra su ámbito  interior en rígidos límites que le impedirán avanzar. 


Es frencuente que cuando un fiel abandona la iglesia, pero no hace una intensa autocrítica de la fe, mantenga su espíritu de búsqueda durante un tiempo, pero al cabo del mismo ingrese en una organización sectaria tanto o más despiadada que la institución que acaba de dejar. Otras manifestaciones de esta fe, son las relaciones de dependencia, especialmente en las parejas, en las que uno de los miembros ejerce una violencia manifiesta o disimulada sobre el otro. La fe que implica el sometimiento, la obediencia, es la matriz mítica donde se labran todas las demás circunstancias de la vida. Es la que lleva a un pueblo a aceptar guerras o declarar lealtad a un dictador sangriento. 


Desde el puritanismo en Estados Unidos, hasta el sentimiento de culpa generalizado en las sociedades de occidente o el desprestigio de aquellas cosmovisiones que se filtren en la sociedad y que no correspondan al statu quo cristiano, son una suerte de pestes míticas producidas por las iglesias  al imponer como valores a la sociedad laica lo que fuera generado dentro de los muros confesionales. Esto hace más daño que cualquier prédica a la que se pueda aceptar o no. El niño recibe estos deletéreos paradigmas, que limitarán su espíritu de búsqueda desde edades tempranas. No importa si después adopta el ateísmo u otro credo: sutilmente, esa fe difusa como una bruma, habrá penetrado el sistema de valores que recibe  y   en algún momento se trasmitirá a otras generaciones. 


Esta adhesión a Dios, carente de reflexión, absolutamente ciega, es la que sostiene tanto a un grupo de fieles que ora  como al inquisidor en el momento de condenar a la hoguera. Es el embrión del cual surgirá en algún momento, en forma inevitable, el fanatismo y el ataque a la vida. 


Desde la Mítica

Jeffrey Richter - Tutt'Art@ (23)


Nuestro mundo especialmente en occidente, se encuentra sometido a la fragmentación: un estallido de las estructuras míticas que sostenían las sociedades tradicionales. La iglesia como institución ya no tiene el poder de otras eras, (3) pero este concepto de fe es compartido con otras organizaciones que realizan un proselitismo entre el pueblo sometido a esta caída luego de una estructura de dogmatismo que lleva cerca de dos milenios. El hombre se fragmenta por la culpa, por el Artefacto mítico de drenaje  que implica la pérdida del paraíso y la recuperación del mismo en un supuesto mundo celeste. Más allá de la verdad o falsedad del mito, la piedra de toque para determinar lo que llamo «Drenaje» es que sirva o no  a la vida. En dos mil años de vigencia se  ha elaborado un modelo de hombre temeroso, culposo; cualquier intento de búsqueda auténtica termina siendo canalizado hacia la respuesta del dogma. Como el perro de Pavlov, le afirman que aquello que lo atrae, que forma parte de su búsqueda, ya sea su inclinación sexual o una indagación  espiritual fuera de los cánones establecidos, es claramente demoníaca y conlleva el riesgo de perder su alma. El sujeto se revuelve contra esto, discute, pero el modelo de dos mil años de antiguedad termina siendo efectivo. 


«Tengan la disposición de creer en lo que se dice, a pesar que parezca absurdo y en algún momento verán las cosas con claridad» Esta frase, la pronuncia el sacerdote a Bouvard y Pecouchet, los personajes de la novela póstuma de Flaubert, y sintetiza adecuadamente la fe. El individuo acorralado por uin esquema de culpa, termina asintiendo a esas verdades que calman su afán de búsqueda espiritual y lo sumergen en un tranquilizador sueño. Sueño del opio, capaz de reemplazar en términos oníricos  la verdadera vida. 

El aporte oriental – Artefacto mítico de los Diez Mundos.

 Thomas Blackshear - African-American painter - Tutt'Art@ (10)

La teoría de los Diez Mundos o Diez Estados, es un verdadero Artefacto Mítico Ritual, propio del Budismo y de algunas escuelas hinduistas. Si bien fue sistematizado y desarrollado por el buda Tien Tai en China en el siglo VI, su origen es mucho más antiguo.


De acuerdo a la escuela que adopte la teoría, los estados o mundos pueden ser dimensiones donde se desarrolla  la palenginesia o situaciones de la vida en cada momento de su cotidianeidad.


Una de sus divisiones consiste en establecer que los seis primeros estados – infierno, hambre, ira, animalidad y éxtasis – forman los mundos inferiores. Los restantes, – aprendizaje, realización autolograda, Boddhisatva y Buda – son los estados superiores. La fe cristiana estaría ubicada en el sexto de los estados, es decir el último de los inferiores: el Éxtasis. 


Cabe señalar que cada uno de los mundos descriptos por esta tradición, no son buenos o malos en términos absolutos y esto también  es aplicable a los estados más bajos. El   éxtasis, que es donde se ubica la fe , consiste en lograr cierta percepción, cierto conocimiento transitorio, cierto entusiasmo repentino que enseguida se apaga y hace que el sujeto regrese a los mundos anteriores. Dice la tradición que en las zonas más bajas del estado de Éxtasis, habitan demonios encargados de impedir que el buscador avance hacia los estados superiores y que caiga una y otra vez 


Es de destacar que la división que acabo de describir correspondería en términos generales a lo que en occidente se conoció como exoterismo y esoterismo, como pequeños misterios y grandes misterios. En Oriente esta distinción se manifiesta en otras formas, pero yendo a la Iglesia, cabe señalar que el estado del éxtasis, un precario punto de partida para las cosmovisiones de oriente, es el  punto de llegada para las iglesias cristianas; lo que agota su esencia. Esto es así   porque a lo largo de la historia se ha destruido sistemáticamente el esoterismo dentro del cristianismo. Son muy numerosas las hogueras literales en las que ardieran sus representantes.


El cristiano debe tomar su fe y quitar las vendas que aprisionan ojos, oídos y labios. La fe es una forma de conocimiento. La primera crítica que surgirá de la iglesia será la afirmación que de ese modo perderá esa espontaneidad original; esa suerte de «magia» que une emocionalmente con lo divino y con la Roma terrestre a la que también debe rendir  culto. En caso que no sea así, el fiel dispone de la propia Biblia o dentro del catolicismo romano, de las enormes bibliotecas que la teología ha elaborado a lo largo de los siglos. Lo que el fiel necesita es tomar su fe y desarrollar un triple sentido:


Antes que nada que sirva a su propia vida: a su instinto y deseos tal como se manifiesta; que sirva para explorarlos y encontrar en ellos el sentido espiritual sin reprimirlos.


Le permita criticar las estructuras de su iglesia


Lo lleve a buscar horizontes espirituales más amplios. El desarrollo de  este espíritu  de indagación es lo que da  sentido a este fascinante viaje que llamamos vida. 

Notas


(1) Los ejemplos son muchos, pero uno de los más destacados es el de Orígenes: cristiano de las primeras épocas, ortodoxo, que había sobrevivido a su encarcelamiento y tortura, lo que le brindara el cargo de «confesor». De sus trescientas obras, la única que queda en pie es «contra Celso», es decir un refutador pagano del cristianismo. Es dedestacar que en contra lo que hacían otros apologistas, Orígenes transcribía el texto completo de su adversario y lo iba combatiendo en los diversos párrafos. Era de suponer que el resto de su obra tenía la misma tesitura, por lo que fue quemada por los propios cristianos.  

(2) Utilizo esta palabra haciendo referencia al proceso que utilizaban los guerrilleros viet cong para romper la voluntad del enemigo y lograr una adhesión plena y ciega, muy parecida a la fe. Este proceso también forma parte del llamado «Síndrome de Estocolmo».


 (3) Salvo contados casos, como Pierre Paolo Pasolini o Albino Luciani,  no puede asesinar a aquellos que se opongan a ella, pero sí puede lograr que caigan en un ostracismo social y cultural. 



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